Lord Acton sobre los Historiadores

Introducción

Mientras nos acercamos al centenario de la muerte de Lord Acton, está claro que continúa atrayendo a lectores ansiosos de obtener la sabiduría que se piensa que imparte el conocimiento histórico. En ésto Acton nos recuerda a Tocqueville y a Burckhard entre los grandes historiadores del siglo pasado, más que a Macaulay y a Nichelet. Su máxima “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente” -muy posiblemente la más famosa frase escrita por un historiador- es un símbolo de lo que muchos buscan encontrar en el trabajo de Acton.

Pero hay otra fuente de la fascinación perdurable de Acton que le es más peculiar. En el ensayo que sigue, el distinguido historiador de Acton, Josef L. Altholz, de la Universidad de Minnesota, lo identifica cuando caracteriza a Acton como un “historiador y moralista,” y como un moralista de características austeras y exigentes. Lo que seguramente ha ayudado a crear la figura de Acton como un héroe cultural es el hecho de que su fervor moral a menudo se volvió contra la Iglesia Católica, la que nunca abandonó a pesar de todas las dificultades en su relación con ella. Con una conciencia remarcable, el Dr. Altholz cuenta la historia del desarrollo de Acton como el tipo de historiador en que se convirtió en última instancia. Äl narra cómo, primero bajo la guía de su mentor Ignaz von Dölinger en Munich, Acton aplicó los nuevos métodos principalmente de los historiógrafos alemanes para descubrir y exponer los delitos de su propia Iglesia. Hay que hacer notar que la erudición del Dr. Altholz sobre Lord Acton abarca treinta y cinco años y comienza con su insuperable estudio sobre la carrera de Acton en el periodismo católico inglés.

El Dr. Altholz hace hincapié en la consternación y el horror crecientes que sintió Acton mientras investigaba la participación de la Iglesia a lo largo de los siglos en crímenes atroces, incluyendo el asesinato de herejes, y aún peor, según Acton, en la elaboración de una teoría que justificara ese tipo de asesinatos. Evidentemente aquí estaba “el demonio tratando de pasar desapercibido detrás del Crucifijo.” La aversión de Acton siguió profundizándose debido a su continuo amor y dedicación a la Iglesia Católica. No fue sólo que creyera que la Iglesia era la poseedora del magisterio y la guardiana de los sacramentos. Äl sostenía que históricamente había jugado un papel clave en la lucha épica a través de la cual la libertad había llegado al mundo moderno.

En sus importantes ensayos, “La historia de la libertad en la Antigüedad” y “La historia de la libertad en la cristiandad”, Acton rastrea los orígenes de la libertad moderna hasta la advertencia de Jesús “Dad al César los que es del César y a Dios lo que es de Dios.” Acton agregó “nuestro Señor no sólo dió el precepto sino que creó la fuerza para ejecutarlo”-la Iglesia Católica Romana, “la institución más enérgica y la asociación más universal del mundo.” La Iglesia emergió como una fuerza compensatoria muy efectiva contra la expansión del poder del estado, comenzando más claramente y significativamente con la controversia de la investidura: “A ese conflicto de 400 años [entre la Iglesia y el gobierno temporal] le debemos el surgimiento de la libertad civil... Los pueblos de Italia y Alemania ganaron su franquicia, Francia obtuvo sus estados generales e Inglaterra su parlamento, de las fases cambiantes de la lucha; y mientras duró evitó el surgimiento del Derecho Divino.”

En el análisis de Acton, la función de confrontación de una Iglesia Católica poderosa e internacional en la Edad Media fue crucial para prevenir el surgimiento de un Imperio pan-europeo; así la Iglesia ayudó muchísimo en producir una Europa radicalmente descentralizada dentro de la cual instituciones libres, ideas y valores pudieron desarrollarse. Esta es una interpretación que ha recibido un fuerte apoyo por parte del trabajo de estudiosos recientes, entre ellos Harold J. Berman y Brian Tierney. Para Acton el enredo de la Iglesia en la práctica y la teoría del asesinato fue una traición y no sólo a su origen divino y a su misión espiritual, sino también a su papel histórico-político.

El Dr. Altholz rastrea con gran cuidado los puntos de vista famosos -o notorios- de Acton sobre el deber del historiador de juzgar los crímenes de los grandes hombres de la historia. Äl asegura que “ésta fue la misión más noble que se haya asignado al historiador,” agregando que “puede haber sido la más imposible.” Ciertamente no es obvio que los estudiosos crecientemente profesionalizados que se han dedicado a la historia en las generaciones que siguieron hayan tenido una particular vocación para tratar con temas morales a cada paso. De todos modos puede haber un lugar para el moralismo actoniano, aunque no en los mismos términos en que fue originalmente presentado.

El Dr. Altholz hace notar que Acton era plenamente conciente que el Estado “se ha involucrado en persecuciones y asesinatos políticos con no menos vigor” que la Iglesia. En nuestro propio siglo, por supuesto, asesinatos en masa cometidos por estados poderosos han cubierto de sombra todo lo que haya hecho la Iglesia Católica o cualquier otra iglesia. En algunos casos los historiadores han estado admirablemente ansiosos por explorar y poner al descubierto estos crímenes. Pero en otros casos, el mismo poder que corrompe a su poseedor parece haber tenido una tendencia a seducir a los estudiosos que han escrito sobre ellos. Así, una conceptualización alternativa de la misión moral de los historiadores aparece como una posibilidad: evitar la tentación de disculpar a los grandes estadistas por esos crímenes y atenuar su culpabilidad, y en cambio descubrir activamente y exhibir esos actos criminales.

Esa tarea neo-actoniana ha sido recogida, por ejemplo, por Robert Conquest, en “The Great Terror” y otros de sus trabajos sobre el comunismo soviético. Se puede sugerir que la identificación del profesor Conquest como un historiador actoniano no depende de los juicios morales implícitos y explícitos que emite sobre los criminales soviéticos, que son el objeto de sus excelentes libros. Es, más bien, el mismo compromiso de examinar, con una erudición meticulosa durante años de esfuerzo dedicado, los crímenes de Lenin, Trotsky, Stalin y los otros -la firme resolución de que no se salgan con la suya- lo que señala al profesor Conquest como un investigador con el espíritu de Acton. Los historiadores cumplirán, tanto como les sea posible, con una vocación actoniana, en la medida en que se resistan a la tentación maquiavélica de justificar con la “razón de Estado” la esclavitud de los hombres, e intrépidamente persigan los delitos de los hombres de estado a través del laberinto de la evidencia histórica.

Lord Acton sobre los Historiadores

Lord Acton es justamente recordado como el historiador de la libertad en el contexto de la religión y la conciencia, principalmente aplicado a la política y el pensamiento político. La visión política de Acton estuvo formada por su trabajo y experiencia como historiador, su descubrimiento de la necesidad de libertad intelectual en el historiador, lo que llevó a su gran preocupación por la libertad en todos los campos en los que se involucre la conciencia. Acton pensó mucho y escribió bastante sobre los derechos y las obligaciones de los historiadores. Esta monografía tratará sobre sus pensamientos sobre los historiadores. Digo “sobre los historiadores” y no “sobre la historia” deliberadamente: sostendré que Acton fue un moralista, y pensaba sobre su materia en términos de los deberes morales de aquellos que la estudiaban. Sus pensamientos sobre su profesión son importantes en el estudio de la religión y la libertad porque, para Acton, la libertad del pensamiento y los escritos históricos estaban fundados en principios religiosos, la obligación moral de la sinceridad, y de la santidad de la verdad.

En el Dictionary of National Biography (Diccionario Nacional de Biografía) donde cada ítem tiene un término que describe la ocupación o el área de ocupación del sujeto, Acton es definido como “historiador y moralista.” Äste es el único lugar donde se conjugan esos términos. Y es exactamente cierto: incluso los aforismos que dan a Acton su significado actual en el pensamiento político son esencialmente moralistas en el contexto de la historia. Al redefinir esta entrada para el New Dictionary of National Biography (Nuevo Diccionario Nacional de Biografía), nuevamente describí a Acton como “historiador y moralista.” Esta conjunción especial no puede ser más evidente que en su pensamiento sobre los historiadores.

Acton era típicamente victoriano en su devoción al ideal de la Verdad (que a menudo escribía con V mayúscula). Le enseñaría a sus hijos que la virtud más importante era decir la verdad. Acton también era típicamente victoriano en su falla al reconocer las dos cosas distintas que se funden en la palabra Verdad. Está la verdad objetiva, lo que es en verdad, y está la sinceridad, la condición moral, o el estado mental, que busca describir los hechos honestamente. Acton, el moralista, estaba principalemente preocupado con la calidad moral de la sinceridad. Äl suponía, quizás inocentemente, que si esto estaba ligado a los métodos de investigación apropiados llevaría a la verdad histórica. Äste era para él el atractivo de la disciplina Historia, que, cuando la descubrió a mediados del siglo diecinueve, había aprendido a descartar sus prejuicios y a trabajar objetivamente sobre fuentes válidas y originales de documentación histórica, por lo tanto convirtiéndose en una verdadera Wissenschaft, una palabra incorrectamente traducida por “ciencia.” Así, resistirse a las conclusiones de la ciencia histórica era un pecado contra la verdad. Se requería que se permitiera a los historiadores buscar la verdad en beneficio de ella, operar libremente de acuerdo a sus propios métodos, independientes de autoridades externas y sin preocuparse por el efecto que pudieran causar sus trabajos. La verdadera búsqueda de la verdad requería una completa libertad de investigación. De modo que la moralidad guió hacia la libertad, primero en la historia.

El pensamiento de Acton sobre estos temas se formó a principios de la década de 1850 por su aprendizaje, en Munich, con Ignaz von Dölinger, el principal historiador católico en Alemania. Era una época emocionante para los estudiantes de la historia científica, una disciplina desarrollada en las universidades alemanas. Se había descubierto a la objetividad como una virtud tan necesaria como útil, liberando al historiador de las cadenas del partidismo y para mostrar, en frase de Ranke, el principal historiador, “lo que realmente pasó” (wie es eigentlich gewesen). El método crítico de examinar las fuentes produjo nuevas y sólidas interpretaciones de las autoridades históricas, y Ranke fue pionero en el estudio de fuentes básicas originales justo en el momento en que muchos de los archivos de Europa se abrían a los estudiosos. Acton se encontró siendo el compañero de estudios de Dölinger en esta nueva historia de archivos. Dölinger, educado en la más antigua escuela crítica participó en la libre competencia de estudiosos católicos y protestantes, tenía un motivo apologético detrás de su objetividad, buscando probar que los católicos podían ser tan sólidos y objetivos como los protestantes y así desmentir rumores contra su Iglesia. Pero la historia científica le ganó al historiador, y el historiador triunfó sobre el sacerdote: Dölinger, seguido por Acton, descubrió y expuso las fallas de su Iglesia. Hacia fines de la década de 1850 y a principios de la de 1860 Acton, como periodista católico en Inglaterra, y Dölinger, como historiador católico en Alemania, fueron criticados por una libertad y objetividad excesivas en sus críticas a la Iglesia. Así, el tema de la libertad intelectual se convirtió en personal para los dos hombres, en la forma de libertad de erudición histórica contra las autoridades de la Iglesia. Fue un ataque papal a la libertad de erudición reafirmado por Dölinger en 1863 lo que llevó a Acton a finalizar su carrera periodística en 1864. Así, su primera lucha por la libertad fue en el terreno religioso, una lucha por la libertad, dentro de la religión, de la conciencia docta contra la autoridad eclesial.

La primera libertad por la que Acton luchó fue por la libertad intelectual. Puede parecer raro que el historiador de la libertad política haya tenido que enfrentar a la Iglesia más que al Estado, pero al final del siglo diecinueve Acton no tuvo que defender la libertad intelectual contra el Estado. La Alemania de Wilhelm puede haber sido autoritaria, pero respetaba escrupulosamente la libertad académica; el pesado conservatismo de Austria escudó las brillantes universidades de Viena y de Praga; otros países, con Inglaterra a la cabeza, permitieron, e incluso impulsaron la libertad de pensamiento y de prensa. Sólo las autoridades de la Iglesia Católica Romana buscaron imponer control, y por lo tanto fue contra esas autoridades contra las que Acton tuvo que luchar primero. En su teoría general sobre la libertad, Acton valoró la Iglesia como institución, como también valoró otros cuerpos corporativos, como un atenuador entre el Estado y los individuos, pero su experiencia temprana mostró la necesidad de un atenuador entre el individuo y la Iglesia institucional, e incluso estuvo dispuesto a invitar al Estado menos autocrático a cumplir ese papel. En 1870 urgió a Gladstone a que se uniera a la protesta general de los grandes poderes para prevenir la definición del dogma de la infalibilidad papal. En 1871 vio a Dölinger excomulgado por la Iglesia, pero protegido en su puesto en Munich por el hecho de ser una universidad estatal. Acton estaba dispuesto a defender la libertad por todos los medios contra todas las amenazas.

Esta generalización de lo que había comenzado como una defensa de la libertad intelectual dentro de la Iglesia, tomó forma cuando Acton realizó su gran gira por los archivos europeos a finales de la década de 1860. Lo que estas fuentes mostraron fue la “falsedad convencional” de los historiadores católicos, su práctica de la falsedad y la supresión de la verdad para favorecer los intereses o la reputación de la Iglesia. Para quien su compromiso con la verdad era parte integral de su religión, esta perversión de la obligación moral de los historiadores, por parte de la religión, estaba fundamentalmente mal. Lo que especilamente horrorizó a Acton fue que los hechos particulares suprimidos por los historiadores falaces tenían que ver con crímenes cometidos por líderes de la Iglesia, incluyendo papas y santos, particularmente el consentimiento del asesinato de acuerdo a los intereses de la Iglesia y la práctica de la persecución a muerte. La moralidad de Acton en estos temas era simple, simplista quizás, como su moralidad acerca de la verdad: matar es simplemente asesinato, el peor de los crímenes. Y las autoridades de la Iglesia habían practicado la persecución; papas y santos habían autorizado la muerte de herejes; los teólogos habían justificado esas cosas como doctrina; y los historiadores simplemente habían suprimido o justificado esos hechos. La persecución se convertiría en la piedra de toque de la moralidad histórica de Acton, elevando las críticas a su Iglesia del plano eclesiástico al plano ético. No fue sólo una crítica a la Iglesia. El Estado, en particular las monarquías absolutas, había estado envuelto en la persecución y el asesinato político con no menos vigor. De modo que el odio creciente de Acton hacia la persecución se unió a su antiguo odio al absolutismo, inicialmente formado bajo la influencia de Burke pero ahora tomando forma en el contexto de una preocupación particular como historiador.

Ästa era una preocupación que diferenciaba a Acton de Dölinger en sus mentalidades históricas. Era una diferencia que Isaiah Berlin ilustraría con la analogía del erizo y el zorro: el zorro sabe muchas cositas pequeñas, mientras que el erizo sabe una cosa grande. Dölinger, el veterano historiador, conocía todo tipo de mentiras de los historiadores y todo tipo de crímenes eclesiásticos, pero las conocía por separado. Acton pudo generalizarlas como un sistema invadiendo la historia en general, porque las conoció de golpe y cuando era relativamente joven. En 1867 Pío IX canonizó al famoso inquisidor Pedro Arbués. Para Dölinger esto significó que la Iglesia había santificado el principio de la persecución, y se encontró en una oposición ética contra Roma. Para Acton, quien ya estaba en oposición, Arbués era sólo una parte más del sistema, una mera ilustración de un sistema de mentiras y asesinatos.

El juicio de Acton sobre la Iglesia a través de la historia fue tan severo que hizo que su oposición a un evento, la definición de la infalibilidad papal en el Concilio Vaticano I de 1870, fuera menos fundamental que para Dölinger. Acton concordaba con Dölinger en que la posición de la infalibilidad era tan peligrosa como el absolutismo, y que se basaba en un pasado deficiente. Dölinger se opuso al dogma como esencialmente falso y prefirió la excomunión antes que someterse a él. Acton sentía que la Iglesia de antes de 1870 tenía tantos crímenes en su haber que la suma de un dogma no podía inclinar más la balanza. Si Roma era la verdadera comunión, lo seguía siendo a pesar de sus fallas. En su respuesta en 1874 al ataque de Gladstone a la infalibilidad papal en relación con la lealtad civil de los católicos, Acton señaló numerosos casos en los que las autoridades de la Iglesia habían sido culpables de crímenes políticos sin invocar la infalibilidad papal; los católicos ingleses habían ignorado los mandatos del papa en el pasado y un dogma recientemente definido no cambiaría su lealtad civil. Así justificaba a los católicos de entonces, revelando los errores de la Iglesia histórica. Acton utilizó la ocasión para hacer una última demanda por la libertad de la historia de la Iglesia: “Estaría bien si los hombres nunca hubieran caído en el error de suprimir la verdad y alentar el error para una mejor seguridad de la religión que yo deshonrara y traicionara a la Iglesia si abrigara una sospecha de que las evidencias de la religión pudieran ser debilitadas o las autoridades del Concilio socavadas por el conocimiento de los hechos con los que he estado tratando.” La fe de Acton trascendió a la historia. La Iglesia enseñaba una verdad divina que no podía ser comprometida por las acciones de hombres, incluso papas y santos. Mientras más exponía Acton los crímenes de hombres de la iglesia, más se aseguraba en su fe. Era muy exigente con la Iglesia que amaba.

Después de que la crisis vaticana hubo terminado, a fines de la década de 1870, Acton formuló su plan para lo que hubiera sido su opera magna, la Historia de la Libertad, que ha sido llamada el libro más importante que nunca fue escrito. No es exactamente cierto que no haya sido escrito nunca. Sus conferencias sobre la Historia de la Libertad, dictadas en 1877 y recientemente publicadas por el Acton Institute, proveen un prospecto de setenta páginas del trabajo mayor, una vista panorámica brillante del magnífico tema. Sus conferencias en Cambridge sobre Historia Moderna están animadas por su madura teoría de la historia de la libertad, casi como si hubiera retomado el tema y lo hubiera completado bajo otro aspecto. Pero el proyecto como Acton lo había formulado a fines de la década de 1870 fue, en efecto, abortado a principio de los 80, como lo explicaré en breve. Ese proyecto, de todas maneras, era bastante estrecho y cubría cerca de 150 años, desde la década de 1680 hasta 1830, con una temática Whig, no la amplitud casi universal de las conferencias sobre la Historia de la Libertad, ni siquiera las conferencias sobre historia Moderna de Cambridge. Las notas a éstas, publicadas en 1994 por George Watson, contienen aforismos brillantes, pero sugieren que la conexión narrativa pudo haber sido desilusionante. El más grande libro que nunca fue escrito puede deber su grandeza al hecho de que nunca fue escrito.

Lo que puso fin al proyecto de la Historia de la Libertad fue la crisis moral que trajo consigo la ruptura de Acton con Dölinger. Esto se originó en la idea de Acton sobre la función moral de los historiadores. El tema aquí era la persecución, la que Acton había considerado simplemente como asesinato, según el consenso común el más atroz de los crímenes. La persecución religiosa, asesinato para el beneficio de la Iglesia, fue la peor de todas. Precisamente porque el crimen de la persecución tenía su origen en lo que debe ser la fuente de la moralidad, debía ser vigorosamente condenado. Más aún, no era un crimen privado: era ejercido por la autoridad pública para un fin público, y así corrompía toda la sociedad. Peor aún, la persecución era justificada por teóricos, de modo que se perpetuaba como una doctrina para el futuro. El mal había llegado al corazón de la Iglesia; era con palabras de Acton “el demonio tratando de pasar desapercibido detrás del Crucifijo.” Aquí Acton funde su moralidad y su historia. Äl pensaba que la moralidad y la historia compartían el mismo terreno “científico:” el asesinato podía servir como un objetivo estándar del mal en ambas. En este punto básico la moralidad debe ser mantenida por el historiador. Como un historiador de las ideas, Acton estaba muy preocupado por la idea de la persecución. Peor que el mismo asesino era el teórico que justifica el asesinato, y el historiador que los defiende o incluso falla al condenarlos a ambos no es mejor que ellos. El historiador no puede ser moralmente indiferente (“objetivo” en nuestro lenguaje actual): debe ser un juez, aplicando los estándares morales como canon de juicio, sin admitir excepciones. Por supuesto debe juzgar más duramente a los mejores hombres, a aquellos que deberían saber más. De modo que Acton criticaba más a los católicos que a los protestantes, a los clérigos más que a los laicos, a los papas y santos más que a todos.

El rigor ético aplicado a la historia es lo que provocó la ruptura de Acton con Dölinger. El incidente que causó esta ruptura parece insignificante comparado con la absoluta diferencia de principios que Acton vio en esto. En 1879 Dölinger escribió el prefacio de una carta a un artículo obituario, para nada crítico, sobre el obispo francés Dupanloup. Acton consideraba a Dupanloup dispuesto a justificar los peores abusos del papado de modo que no era mejor que aquellos que cometieron crímenes en nombre de la Iglesia. Se sorprendió al descubrir que Dölinger no estaba de acuerdo con él. Dölinger se rehusó a condenar a los hombres sólo por su debilidad, prefiriendo explicar más que juzgar; Acton juzgaba a los hombres inmediatamente, sin dar lugar a la moralidad de épocas pasadas. Lo que siguió a este hecho fue la revelación para Acton de que ni siquiera su amigo y mentor compartía su rigor ético, que estaba absolutamente aislado en su posición fundamental. El impacto de esta revelación paralizó las facultades creativas de Acton por varios años.

A mediados de la década de 1880 Acton regresó a su trabajo histórico, como parte de un movimiento destinado a crear la profesión histórica en Inglaterra, convirtiéndose en uno de los fundadores del English Historical Review. Cuando el editor, Mandel Creighton, un clérigo anglicano, invitó a Acton a revisar su propia History of the Papacy (Historia del Papado), Acton produjo una revisión severa criticando la falla de Creighton para condenar a los papas de la época de la Reforma. En la correspondencia subsiguiente, en la que Creighton tenía el mejor argumento, Acton pronunció su famosa frase sobre el poder que tiende a corromper y el poder absoluto a corromper completamente. Esto es más comúnmente citado en un contexto político, como una condenación del absolutismo del Estado, que Acton odiaba profundamente. Pero en este caso, su dicho pretendía ser una norma de la crítica histórica, una advertencia acerca de la mitigación del juicio. “No puedo aceptar su regla de que debemos juzgar al papa y al rey distinto a otros hombres, con la presunción favorable de que no hicieron ningún mal. Si hubiera alguna presunción sería en contra de los que ostentan el poder, y aumentaría [la presunción] a medida que el poder aumentara. La responsabilidad histórica debe compensar el deseo de responsabilidad legal. El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe completamente. No hay peor herejía que la oficialidad santifique a quien posee el poder. La integridad inflexible del código moral es, para mí, el secreto de la autoridad, la dignidad, la utilidad de la historia. Si debiéramos alterar el consenso general en beneficio del genio, o éxito, o rango, o reputación, deberíamos alterarlo en benficio de la influencia de alguien, de su religión, de su partido, de la buena causa que se beneficia con su reputación y se resiente con su desgracia. Entonces la historia deja de ser una ciencia, un árbitro de controversia, una guía para el extraviado, una defensora de los valores morales que los poderes de la tierra y la religión constantemente tienden a degradar.”

Ästa fue la misión más noble que se haya asignado a los historiadores, pero puede haber sido la más imposible. Por empezar, no había un consenso de cómo debía aplicarse el código moral. Más importante aún, la historia profesional es el estudio del contexto, y no del texto. Los historiadores están entrenados para ubicar las acciones y eventos en el contexto del tiempo y el lugar, consideraciones estas que son fatales para una moralidad absoluta que es atemporal y universal. Como lo explica Owen Chadwick, hay una tensión entre “la comprensión histórica y la convicción moral”: “el juicio moral,” que es “la esencia del hombre,” “corrompe al historiador.” La profesionalización de la disciplina histórica significó que los historiadores no pudieron aceptar la función moral que Acton proponía para ellos. Fueron reducidos de las historias universales a monografías, y de árbitros morales a una objetividad necesaria pero sin valores. Aún así Acton, aislado pero admirado, siguió involucrado con la historia y los historiadores. Recibió su premio cuando en 1895 fue designado Profesor Regio de Historia Moderna en la Universidad de Cambridge, potencialmente la posición más influyente que puede ostentar un historiador.

Es costumbre para los profesores de Cambridge que inicien su cátedra con una conferencia inaugural, y Acton aprovechó la ocasión para profesar su credo histórico. Concisamente reexpuso su tema de la historia de la libertad definiendo “la Unidad de la Historia Moderna” (el período desde el Renacimiento) como un constante “progreso en la dirección de una libertad organizada y asegurada,” lo que él consideraba como la tarea de la Providencia a través de la historia y percibida por los historiadores. Luego Acton se dedicó al desarrollo de la historia científica en el siglo diecinueve -bajo la influencia de Ranke, a quien describió como su “maestro”- investigadora de archivos, crítica de las fuentes, y sobre todo imparcial. Sugirió la necesidad y también las limitaciones de la historia científica, “una disciplina a la que todos hacemos bien en someternos, y a la que quizás también hacemos bien en renunciar.” Esto llevó a su sección final, preguntándose si él tenía “ alguna propuesta esencial, que pudiera servir como su epígrafe selecto, como una última señal, quizás incluso como un objetivo.” Su respuesta fue reasegurar su doctrina de los historiadores como jueces morales: “los exhorto a que nunca alteren la norma moral o que bajen los estándares de rectitud, sino a que prueben a otros por el precepto que gobierna nuestras propias vidas, y a no tolerar a ningún hombre o a ninguna causa para escapar a la condena inmortal que la historia tiene el poder de otorgarle al mal,” ya que “si bajamos nuestros estándares en la historia, no podremos defenderlos en la Iglesia o el Estado.”

Äste era un ideal noble y grandioso; expresado con una elocuencia inusual en Acton; pero también era imposible. Acton fundó una escuela de Historia en Cambridge, pero no fue una escuela de historia actoniana, la que él fue el primero y único en practicar. Los historiadores se han dedicado desde entonces a una mera objetividad, como lo mejor que pueden obtener. Acton debe haber sabido que estaba lanzando una protesta desesperada contra la tendencia inexorable de la profesión histórica que estaba ayudando a fundar. Había sugerido que era “una última señal, quizás incluso como un objetivo”; y su gran exhortación comenzó con un reconocimiento de que “el peso de la opinión está en mi contra.” Habiendo lanzado su protesta, Acton dedicó el resto de su carrera en Cambridge a trabajar con los historiadores en sus propios términos, aceptando las limitaciones de éstos. Sus propias conferencias seguían avanzando sobre sus temas, pero el último gran proyecto de su vida, la Historia Moderna de Cambridge, lo forzó a admitir que la objetividad (él prefería decir “imparcialidad”) era lo más que podía pedir a sus colegas.

El prospecto de Acton de 1896 para la Historia Moderna de Cambridge preveía la oportunida de “documentar la plenitud del conocimiento que el siglo diecinueve está a punto de dejar como legado,” basada en una investigación crítica en archivos, y que sería producida por una “división de tareas” en la que cada capítulo sería escrito por el erudito de habla inglesa más competente en el tema. ¿Pero cómo esa cantidad de hombres conseguirían una consistencia en la aproximación a los temas? o ¿cómo podría atarse a escritores eminentes a un tema común? La única respuesta era insistir en la absoluta imparcialidad, en evitar cualquier punto de vista. “Evitaremos la inútil presentación de opiniones, y el servicio a una causa. Los que contribuyan comprenderán que estamos ubicados no bajo el meridiano de Greenwich, sino a 30 grados de longitud oeste” -o sea, no en un país determinado, sino en medio del Océano Atlántico. Sin duda Acton esperaba que el trabajo terminado (que planeó pero no vivió para publicar) manfestaría su tema de la unidad de la historia moderna como un progresar hacia la libertad, pero ésto debía lograrse por la organización de los volúmenes y los capítulos, y no por la afirmación de una postura.

Este énfasis en la neutralidad era el tema principal en las cartas que Acton envió en 1898 a los que contribuirían en esta Historia. “Nuestro esquema requiere que nada pueda revelar el país, la religión o el partido al que pertenecen los escritores. Esto es esencial no solamente porque la imparcialidad es la característica de la historia legítima, sino porque el trabajo se lleva a cabo por hombres que actúan juntos con el único objetivo de aumentar el conocimiento preciso. La presentación de opiniones personales llevará a tal confusión que desaparecerá toda la unidad diseñada para el trabajo.” En efecto, Acton reconoció que estaba guiando un equipo que sólo podría mantenerse junto por la imparcialidad, incluso no podía arreglar un diseño distinto al que surgiría naturalmente de la estructura como un todo. Ya que para alguien de tan amplia visión de la historia y tan alto concepto de la función moral de los historiadores, la mera objetividad puede haber parecido un bajar los estándares, pero la objetividad era meramente práctica, y representaba el único estándar que podrían lograr los historiadores.

El ideal de Acton de los historiadores como jueces, como defensores de los estándares morales, es el ideal más noble propuesto para los historiadores; y es un ideal que ha sido rechazado, quizás con un respeto mezquino, por todos los historiadores, incluso yo mismo. Nosotros, los historiadores de jornada laboral, no podemos buscar más que lograr un alto grado de mediocridad, y no podemos tener un ideal más alto que la segunda opción de Acton, la imparcialidad u objetividad. En este sentido, y también por su relativa falta de publicaciones, Acton fue, de algún modo, un historiador fallido. Aún así sigue siendo relevante para los historiadores, no como un modelo sino como un desafío. Si Acton está ubicado a la extrema derecha de los historiadores, demandando algo más que objetividad, hay una extrema izquierda significativa que eliminará la objetividad, y muchos otros que modificarán profundamente ese estándar, que ya es moderado. Su crítica se basa en la observación de que es difícil o incluso imposible para el historiador alcanzar el estándar de objetividad, que siempre estará afectado por su tiempo, su lugar, su credo e incluso quizás su género. Ästo puede ser aplicado constructivamente como un llamado a los historiadores a reconocer sus limitaciones y a hacer lo mejor posible. Pero también se ha usado como una justificación para abandonar cualquier estándar, para colocar al historiador por encima de los documentos históricos, negando que hay una objetividad de los hechos, y permitiendo a un historiador individual crear su propio pasado -el equivalente histórico del deconstruccionismo y otras tendencias postmodernas en los estudios literarios. Para esto, Acton en su aislamiento, sirve como una contraparte, una fuerza compensatoria que le permite al centro resistir. Acton sirve no como un ejemplo sino como un contra-ejemplo para los historiadores de hoy, proveyendo un estándar que no seguimos, pero que nos permite, por lo menos, rechazar el directamente opuesto.

Hay muchos fracasos en la carrera de Acton, ya sea como católico liberal, como político o como historiador. En la década de 1970 hubo una crítica a los estudios continuos sobre semejante fracaso, y Sir Geoffrey Elton incluso propuso una moratoria sobre los estudios de Acton. Aún así, en estos años del centenario, los estudios sobre Acton son una pequeña industria próspera, que sugiere que hay algunos fracasos que son más interesantes, e incluso más valiosos, que lo que puede ser el mero éxito. Si Acton hubiera sido un éxito de acuerdo a sus estándares o incluso a los nuestros, hubiera sido un objeto menos instructivo para nuestro estudio. El espectáculo de semejante hombre condenado al fracaso no por la limitación de su pensamiento sino por sus propios estándares demasiado rigurosos es inmediatamente una fuente de humildad y de inspiración. El fracaso vale especialmente la pena estudiarlo cuando revela la fortísima integridad de la devoción de Acton por la conciencia, por la verdad y por la libertad.