La Historia de la Libertad

La Historia de la Libertad en la Antigüedad

Discurso Pronunciado a los Miembros
del Bridgnorth Institute.

La libertad, después de la religión, ha sido el motivo de buenas acciones y del pretexto vulgar para cometer crímenes, desde la siembra de su semilla en Atenas, hace 2.460 años, hasta la cosecha del fruto maduro realizada por hombres de nuestra raza. La libertad es el fruto delicado de una civilización madura; y ha transcurrido escasamente un siglo desde que naciones, que conocían el significado del término, resolvieron ser libres. En cada época su progreso ha sido acosado por sus enemigos naturales, por la ignorancia y la superstición, por la codicia de conquista y el amor por lo fácil, por las ansias del fuerte por obtener poder, y por las ansias de comida del pobre. Durante largos intervalos fue completamente detenida, cuando las naciones estaban siendo rescatadas de la barbarie y del poder de extranjeros, y cuando la eterna lucha por la existencia, que priva a los hombres de todo interés y comprensión de la política, los ha hecho desear vender sus derechos de primogenitura por un plato de lentejas, ignorantes del tesoro al que renunciaban. En cualquier época han sido pocos los amigos sinceros de la libertad, y sus triunfos se han debido a minorías, que han prevalecido por su asociación con otros, cuyos objetivos a menudo eran distintos a los propios; y esta asociación, que siempre es peligrosa, a veces ha sido desastrosa, al darle a los adversarios bases justas sobre las que oponerse, y por disputarse inocentemente el botín a la hora del éxito. Ningún obstáculo ha sido tan constante o tan difícil de superar como la incertidumbre y la confusión referidos a la naturaleza de la verdadera libertad. Si los intereses hostiles han causado mucho daño, las falsas ideas lo han hecho aún más; y su progreso está documentado en el aumento de conocimiento tanto como en el mejoramiento de las leyes. La historia de las instituciones es a menudo la historia de decepciones e ilusiones; porque su virtud depende de las ideas que las produjeron y del espirítu que las resguarda; y la forma puede permanecer inalterada cuando la sustancia ya ha muerto.

Algunos ejemplos familiares tomados de la política moderna explicarán por qué el peso de mi argumento estará fuera del ámbito de la legislación. Se dice a menudo que nuestra constitución alcanzó su perfección formal en 1679, cuando se aprobó el Habeas Corpus Act. A pesar de eso Carlos II consiguió, sólo dos años después, independizarse del Parlamento. En 1789, mientras las Asambleas Generales se reunían en Versalles, las Cortes Españolas, más antiguas que la Carta Magna y más venerables que nuestra Cámara de los Comunes, fueron citadas después de un intervalo de muchos años; pero inmediatamente rogaron al rey que se abstuviera de consultarlas, y que hiciera las reformas según su propio juicio y autoridad. De acuerdo a la opinión común, las elecciones indirectas son un triunfo seguro para el conservadorismo. Pero las Asambleas de la Revolución Francesa surgieron de la elección indirecta. El sufragio restringido es otro método que se supone seguro para el triunfo la monarquía. Pero el parlamento de Carlos X, que fue restituído por 90.000 electores, luchó y derrocó al monarca; mientras que el parlamento de Luis Felipe, elegido por 250.000 electores, obsecuentemente promovieron la política reaccionaria de sus ministros, y en la división fatal, que rechazando la reforma, dejó a la monarquía en la miseria, se obtuvo la mayoría de Guizot mediante el voto de 129 funcionarios públicos. Una legislatura ad honorem es, por razones obvias, más independiente que la mayoría de las legislaturas del continente que son remuneradas. Pero sería irrazonable en los Estados Unidos enviar a funcionarios tan lejos como desde aquí a Constantinopla, a vivir durante doce meses de su propio pecunio en las capitales más queridas. Legalmente y en apariencias, el Presidente de los Estados Unidos es el sucesor de Washington, y sigue disfrutando de poderes concebidos y limitados por la Convención de Filadelfia. En realidad, el nuevo Presidente difiere tanto del imaginado por los Padres de la República como la Monarquía difiere de la Democracia, ya que se espera que haga 70.000 cambios entre los empleado públicos: hace cincuenta años John Quincy Adams sólo despidió a dos hombres. La compra de cargos jurídicos es evidentemente indefendible; sin embargo en la vieja monarquía francesa esta práctica monstruosa creó la única corporación capaz de resistir al rey. La corrupción oficial, que arruinaría un estado, sirve en Rusia como un alivio saludable contra la presión del absolutismo. Existen condiciones en las que es apenas una hipérbole decir que la esclavitud, en sí misma, es un paso en el camino a la libertad. Por lo tanto esta noche no nos preocupa tanto la letra muerta de edictos y estatutos como los pensamientos vivos del hombre. Hace un siglo era algo perfectamente conocido que quienquiera que tuviera una audiencia de un juez de paz (Master in Chancery) debía pagar por tres audiencias, pero a nadie llamó la atención esta enormidad hasta que este hecho sugirió a un joven abogado que podría ser bueno cuestionar y examinar rigurosamente cada parte del sistema en el que ocurrían este tipo de cosas. El día en el que esta idea iluminó el preclaro intelecto de Jeremy Bentham es memorable en el calendario político incluso más que todo el gobierno de muchos estadistas. Sería fácil señalar un párrafo de San Agustín, o una sentencia de Grotio cuya influencia sea mayor que las acciones de cincuenta parlamentos; y nuestra causa le debe más a Cicerón y a Séneca, a Vinet y a Tocqueville que a las leyes de Licurgo o a los Cinco Códigos de Francia.

Al decir libertad quiero expresar la seguridad de que todo hombre será protegido al hacer lo que cree que es su deber, contra la influencia de la autoridad o las mayorías, costumbres y opiniones. El estado es competente para asignar obligaciones y trazar la línea de separación entre el bien y el mal sólo en su ámbito inmediato. Más allá de los límites de las cosas necesarias para su bienestar, solamente puede otorgar ayuda indirecta para pelear la batalla de la vida, promoviendo aquellas influencias que son útiles contra la tentación: la religión, la educación y la distribución de la riqueza.En la antigüedad, el estado hacía uso de autoridad que no le era propia, e invadía el ámbito de la libertad personal. En la Edad Media tenía muy poca autoridad y sufría de la intromisión de otros. Los estados modernos caen habitualmente en ambos excesos. La prueba más precisa por la que podemos juzgar si un país es realmente libre es la mayor o menor seguridad que tienen las minorías. La libertad es, de acuerdo a esta definición, la condición escencial y la guardiana de la religión; y es de la historia del Pueblo Elegido, por lo tanto, de donde puedo extraer los primeros ejemplos de lo que estoy afirmando. El Gobierno de los israelitas era una Federación que se mantenía unida no por una autoridad política, sino por la unidad de la raza y la fe, y fundada no por la fuerza física, sino por una alianza voluntaria. El principio de auto-gobierno era respetado no sólo en cada tribu sino también en cada grupo de por lo menos 120 familias. Allí no había ningún privilegio otorgado por el rango ni tampoco una inequidad ante la ley. La monarquía era tan ajena al espíritu primitivo de la comunidad que fue resistido por Samuel en aquella memorable declaración y advertencia que ha sido confirmada incesantemente por todos los reinos de Asia y muchos de Europa. El trono fue erigido sobre la base de un acuerdo; y el rey fue privado del derecho a legislar en un pueblo que no reconocía otro legislador más que a Dios, en un pueblo cuyo fin político principal era restaurar la pureza original de su estructura, y construir su gobierno conforme al tipo ideal que fuera consagrado por sanciones celestiales. Los hombres inspirados que surgieron en una sucesión interminable para profetizar contra el usurpador y el tirano, proclamaron constantemente que las leyes, que eran divinas, eran primordiales sobre gobernantes pecadores, e hicieron un llamamiento desde las autoridades establecidas, los reyes, los sacerdotes, y los príncipes del pueblo, a las fuerzas capaces de solucionar el problema que dormían en la conciencia incorrupta de las masas. Así, el ejemplo de la nación hebrea, sentó las bases sobre las que toda libertad debe ser ganada -la doctrina de la tradición nacional, la doctrina de la ley superior; el principio de que una constitución crece desde una raíz, por un proceso de desarrollo y no de un cambio esencial; y el principio de que todas las autoridades políticas deben ser probadas y reformadas de acuerdo a un código que no es hecho por el hombre. El funcionamiento de estos dos principios, al unísono o en antagonismo, ocupa todo el lugar por el que transitaremos juntos.

El conflicto entre la Libertad bajo la autoridad divina y el absolutismo de las autoridades humanas finalizó desastrosamente. En el año 622 se hizo un esfuerzo supremo en Jerusalén para reformar y preservar el Estado. El Sumo Sacerdote sacó del templo de Jehová el Libro de la abandonada y olvidada Ley, y todos, el rey y el pueblo, se comprometieron mediante un juramento solemne a cumplirla. Pero este primer antiguo ejemplo de Monarquía limitada y de la supremacía de la ley no duró mucho ni tampoco se extendió; y debemos buscar en otro lado las fuerzas por las que la libertad ha triunfado. En el año 586, en el que la inundación del depotismo asiático se cerraba sobre la ciudad que había sido el santuario de la libertad en el Oriente y estaba destinada a serlo otra vez, un nuevo hogar para la libertad se preparaba en Occidente, donde resguardada por el mar y las montañas, y por corazones valientes, se alzó esa planta majestuosa bajo cuya sombra vivimos, y que ha extendido sus brazos invencibles tan lentamente, pero a la vez tan seguramente, sobre el mundo civilizado.

De acuerdo al famoso dicho de la más famosa autora del continente, la Libertad es antigua; y es el Depostismo quien es nuevo. Ha sido el orgullo de historiadores recientes revindicar la verdad de esa máxima. La heroica época de los griegos lo confirma, y es más llamativamente verdad en la Europa Teutona. Dondequiera que podamos rastrear la primera infancia de las naciones arias descubrimos semillas, que las circunstancias favorables y una cultura diligente podrían haber desarrollado en sociedades libres. Ellas exhiben algún sentido de interés común en preocupaciones comunes, poca reverencia a la autoridad externa, y un sentido imperfecto de la función y supremacía del estado. Donde la división de la propiedad y el trabajo es incompleta, hay una pequeña división de clases y de poder. Hasta que las sociedades no son probadas por los problemas complejos de la civilización pueden escapar del depostismo, igual que las sociedades que no están perturbadas por la diversidad religiosa pueden evitan la persecución. En general, las formas de la era patriarcal fracasaron en resistir el crecimiento de estados absolutos cuando comenzaron las dificultades y las tentaciones de la forma de vida que progresaba; y con una excepción, que no es mi intención desarrollar hoy, apenas si es posible rastrearlas en las instituciones de época recientes. El absolutismo tenía un dominio sin límites seiscientos años antes del nacimiento de Cristo. A lo largo de todo el Oriente era apoyado por las poderosas influencias de sacerdotes y ejércitos. En Occidente, donde no había libros sagrados que requirieran intérpretes entrenados, los sacerdotes no tenían preponderancia y, cuando los reyes eran derrocados, el poder pasaba a manos de las aristocracias familiares. Lo que siguió durante muchas generaciones fue la cruel dominación de unas clases sociales por otras clases sociales, la opresión de los ricos sobre los pobres y de los sabios sobre los ignorantes. El espíritu de ese dominio se expresa apasionadamente en los versos del poeta aristócrata Teognis, un hombre de genio y refinamiento, quien confiesa que desea beber la sangre de sus adversarios políticos. La gente de muchas ciudades buscó liberarse de estos opresores por medio de usurpadores revolucionarios, cuyas tiranías eran menos intolerables. Esta solución otorgó al mal una forma nueva y nuevas energías. A menudo los tiranos eran hombres de un mérito y una capacidad sorprendentes, como algunos de los que se autoconstituyeron Señores de ciudades italianas en el siglo XIV. Pero en ningún lugar existían derechos asegurados por leyes equitativas y poderes compartidos.

La mejor dotada de las naciones rescató al mundo de esta degradación universal. Atenas, que como otras ciudades se encontraba trastornada y oprimida por una clase social privilegiada, evitó la violencia y encargó a Solón la revisión de sus leyes. Es la elección más acertada que la historia ha documentado. Solón no era solamente el hombre más sabio que podía encontrarse en Atenas, sino también el genio político más profundo de la antigüedad. Y la revolución pacífica, fácil y sin derramamiento de sangre con que logró la libertad de su país fue el primer paso en una carrera que nuestro tiempo se gloría en continuar, e instituyó un poder que ha trabajado más que nadie -excepto la religión de la revelación- por la regeneración de la sociedad. La clase más alta había tenido el poder de hacer y administrar la ley, y no lo dejó de lado. Sólo transfirió a la riqueza lo que había sido un privilegio de nacimiento. A los ricos, que tenían la posibilidad de soportar la carga del servicio público en lo referido a los impuestos y la guerra, Solón entregó una parte del poder, proporcional a los requerimientos sobre sus bienes. Las clases más pobres estaban exceptuadas de impuestos, pero también impedidas de acceder a cargos públicos. Solón les dio voz en la elección de magistrados de la clases superiores, y el derecho de pedirles rendición de cuentas. Esta concesión, aparentemente tan insignificante, fue el comienzo de un cambio profundo. Introdujo la idea de que el hombre tiene derecho a voz en la elección de aquellos, a cuya rectitud y sabiduría, está obligado a confiar su fortuna, su familia y su vida. Y esta idea invirtió completamente la noción de la autoridad humana, porque inauguró el reino de la influencia moral en una época y un lugar donde todo el poder político había dependido de la fuerza física. El gobierno elegido por consenso sustituyó al gobierno compulsivo, y la pirámide que se apoyaba en un punto, se asentó sobre su base. Solón admitió el elemento de la democracia en el Estado al hacer a cada ciudadano guardián de sus propios intereses. Él dijo que la mayor gloria de un gobernante es crear un gobierno popular. Como creía que no se puede confiar en nadie completamente, sometió a los que tenían poder de gobernar al control de aquellos para quienes gobernaban.

La concentración de poderes era el único recurso conocido hasta entonces contra los desórdenes políticos. Solón consiguió el mismo efecto con la distribución de poderes. Le dio a la gente común tanta influencia como creyó que podían emplear. Así el Estado estaría excento de un gobierno arbitrario. Dijo que la esencia de la Democracia es no obedecer a nadie más que a la ley. Solón reconoció el principio según el cual las formas políticas no son definitiva o invariables, y se deben adaptar a los hechos. Y diseñó tan bien la revisión de su constitución, sin solución de continuida o pérdida de estabilidad, que durante siglos después de su muerte, los oradores del Ático le atribuyeron a él toda la estructura de la ley ateniense. La dirección que tomó su desarrollo estaba determinada por la doctrina fundamental de Solón que sostenía que el poder político debe ser proporcionado al servicio público. En la Guerra Pérsica los servicios de la democracia eclipsaron a los de las órdenes patricias, ya que la flota que barrió a los asiáticos del Mar Egeo estaba tripulada por los atenienses más pobres. Esa clase, cuyo valor había salvado al estado, y había preservado la civilización europea, había ganado el derecho de aumentar su influencia y sus privilegios. Los cargos de estado, que habían sido un monopolio de los ricos se entregaron abiertamente a los pobres, y para asegurarse que todos obtuvieran su parte, todos, excepto los más altos rangos, se entregaban en conjunto.

Mientras las viejas autoridades decaían, no había ningún parámetro moral o derecho político para construir rápidamente el marco de la sociedad en medio de los cambios. La inestabilidad que se había apoderado de las formas, amenazó los principios del gobierno. Las creencias de la nación estaban dando paso a la duda, y la duda no daba lugar aún al conocimiento. Había habido una época en que las obligaciones de la vida pública y privada se identificaba con la voluntad de los dioses. Pero esos tiempos habían pasado. Palas Atenea, la diosa etérea de los atenienses, y el dios Sol, cuyos oráculos se entregaban el el templo entre las cimas gemelas del Monte Parnaso, hicieron mucho en favor de la nacionalidad griega, ayudando a mantener un noble ideal de religión; pero cuando hombres iluminados de Grecia aprendieron a aplicar su aguda facultad de razonar al sistema de creencias que habían heredado, rápidamente tomaron conciencia que el concepto de los dioses corrompía la vida y degradaba las mentes del pueblo. La moralidad popular no podía apoyarse en la religión popular. Las instrucciones morales que ya no eran proporcionadas por los dioses, todavía no se podía encontrar en libros. No existía ningún código venerable que pudiera ser expuesto por expertos. No existía ninguna doctrina proclamada por hombres de reconocida santidad como aquellos maestros del Lejano Oriente, cuyas palabras siguen guiando la fe de casi la mitad de la humanidad. El esfuerzo por explicar cosas mediante la observación detallada y un razonamiento exacto comenzó destruyendo. Llegó la época en que los filósofos del Pórtico y de la Academia forjaron un sistema tan consistente y profundo con los dictados de la razón y la virtud que ha ahorrado mucho la tarea de los clérigos cristianos. Pero esa época aún no ha llegado.

La época de duda y transición durante la cual los griegos pasaron de los oscuros caprichos de la mitología a la intensa luz de la ciencia, fue la época de Pericles. Y el esfuerzo por sustituir ciertas verdades por las prescripciones de las autoridades debilitadas, que comenzaba entonces a absorber las energías del intelecto griego, es el mayor movimiento en los anales profanos de la humanidad, ya que le debemos, después del inconmensurable progreso obtenido por la cristiandad, mucho de nuestra filosofía y la mejor parte de todo el conocimiento político que poseemos. Pericles, que estaba a la cabeza del gobierno ateniense, fue el primer estadista que enfrentó el problema que ocasionó en el mundo político el rápido debilitamiento de las tradiciones. Todas las autoridades en el campo de la moral y de la política fueron sacudidas por el movimiento que se sentía en el ambiente. No se podía confiar plenamente en ninguna guía; no había ningún criterio disponible al que apelar, debido a los medios de controlar y denegar condenas que prevalecía entre la gente. El sentimiento popular acerca de lo que estaba bien podría estar equivocado, pero no estaba sujeto a prueba. A los fines prácticos, el pueblo era la sede del conocimiento del bien y el mal. El pueblo era, entonces, la sede del poder.

La filosofia política de Pericles se desprende de esta conclusión. Suprimió resueltamente todos los sostenes que aún apoyaban una preponderancia artificial de la riqueza. Pericles introdujo a la antigua doctrina que sostenía que el poder se acompañaba de la posesión de tierras, la idea de que el poder debe estar tan equitativamente distribuído que pueda ofrecer igual grado de seguridad para todos. Declaró que era tiránico que una parte de la comunidad la gobernara completamente o que una clase social dictara las leyes para otra. La abolición de privilegios hubiera servido sólo para transferir la supremacía de los ricos a los pobres, si Pericles no hubiera corregido el equilibrio restringiendo los derechos de ciudadanía sólo a los atenienses nativos. Debido a esta medida la clase que formó lo que deberíamos llamar el tercer estado constaba de 14.000 ciudadanos, y era igual en número que los que ostentaban el rango más elevado. Pericles sostuvo que cualquier ateniense que rechazara tomar parte en los asuntos públicos causaba una herida a la nación. Que nadie podía ser excluído debido a su pobreza, por lo que el servicio público de los pobres se pagaba de las arcas del estado, ya que su administración del tributo federal había reunido un tesoro de más de dos millones de libras esterlinas. El instrumento de su dominio era el arte de la oratoria. Él gobernó mediante la persuasión. Todo se decidió por discusión en deliberaciones abiertas, y toda influencia se inclinó ante la ascendencia de su juicio. La idea de que la finalidad de las constituciones es evitar -no asegurar- el privilegio de cualquier interés, es preservar equitativamente la independencia del trabajo y la seguridad de la propiedad, es cuidar al rico contra la envidia, y al pobre contra la opresión, indica el más alto nivel alcanzado por el estadista más grande de Grecia. El gran patriota que le dio origen casi no sobrevivió, y toda la historia ha sido ocupada por el intento de alterar el equilibrio de poderes dándole la ventaja al dinero, la tierra o la cantidad. Le siguió una generación que nunca ha sido igualada en talento, una generación de hombres cuyas obras en poesía y elocuencia siguen siendo la envidia del mundo, y que aún no han sido superadas en historia, filosofía y política. Pero no produjo ningún sucesor de Pericles, y ningún hombre fue capaz de empuñar el cetro que cayó de su mano.

Se dio un paso de vital importancia en el progreso de las naciones cuando la constitución ateniense adoptó el principio de que cualquier interés debe tener el derecho y los medios para hacerse valer. Pero no había reparación para aquellos que fueron vencidos por los votos. La ley no controlaba el triunfo de la mayorías, o rescataba las minorías de los graves castigos por haber sido superados en número. Cuando concluyó la irresistible influencia de Pericles, el conflicto entre las clases rugió sin límite, y la matanza de los más altos rangos en la Guerra del Peloponeso, dio a los de más bajo rango un predominio irresistible. El espíritu incansable e inquisitivo de los atenienses estaba preparado para desplegar la causa de cada institución y las consecuencias de cada principio, y su constitución siguió su curso desde la niñez a la decrepitud, con una velocidad sin igual.

La vida de dos hombres abarca el intervalo desde la primera admisión de la influencia popular durante la época de Solón, hasta la caída del estado. Su historia nos proporciona el ejemplo clásico del peligro de la democracia bajo unas circunstancias singularmente favorables. Porque los atenienses no eran solamente valientes y patrióticos, capaces de sacrificios generosos, sino que también eran los hombres más religiosos entre los griegos. Veneraban la constitución que les había traído prosperidad e igualdad y el orgullo de la libertad, y jamás cuestionaron las leyes fundamentales que regulaban el poder inmenso de la Asamblea. Ellos toleraban una considerable variedad de opiniones, y su humanidad en el trato con sus esclavos causó la indignación aún de los más inteligentes partidarios de la aristocracia. Se convirtieron así en el único pueblo de la antigüedad que se engrandeció a través de las instituciones democráticas. Pero la posesión de poderes ilimitados, que corroe la conciencia, endurece el corazón y confunde el entendimiento de los monarcas, ejercitó su influencia desmoralizadora sobre la ilustre democracia de Atenas. Es malo ser oprimido por una minoría, pero es peor ser oprimido por una mayoría. Porque hay una reserva de poder latente en las masas que, cuando se pone en juego, las minorías casi no pueden resistir. Pero no existe apelación, redención o refugio de la voluntad absoluta de un pueblo, sino la traición. La clase más modesta y numerosa de los atenienses unió los poderes legislativo y judicial, y en parte, el ejecutivo. La filosofía preponderante en ese momento, les enseñó que no existe ley superior a la del estado, y que, en el estado, el que otorga la ley está por encima de la ley.

De allí se concluyó que el pueblo soberano tenía el derecho de hacer todo lo que estuviera en su poder, y no estaba atado a ninguna regla del bien y el mal, sino a su propio juicio de conveniencia. En una ocasión memorable los atenienses, reunidos en asamblea, declararon que eso era monstruoso y que debían evitar hacer cualquier cosa que se les ocurriera. No existía ningún poder que pudiera dominarlos, y resolvieron que ninguna obligación debía contenerlos, y que no estarían sometidos por ninguna ley que ellos mismos no hubieran hecho. De este modo el pueblo emancipado de Atenas se convirtió en tirano, y su gobierno, el pionero de la Libertad europea, permanece condenado con terrible unanimidad, por los más sabios de la Antigüedad.

Arruinaron su ciudad cuando intentaron conducir la guerra a través del debate en la plaza del mercado. Igual que la República francesa, condenaron a muerte a los comandantes que no habían tenido éxito. Trataron sus dependencias de ultramar con tanta injusticia que perdieron su imperio marítimo. Saquearon al rico hasta que el rico conspiró junto con el enemigo público, y coronaron su culpa con el martirio de Sócrates.

Cuando el dominio de los números había durado un cuarto de siglo, lo único que le quedaba al estado por perder era su existencia. Y los atenienses, cansados y descorazonados, confesaron la causa verdadera de su ruina. Comprendieron que para la libertad, la justicia y las leyes equitativas, eran tan necesario que la democracia se autodominara -como lo había hecho- como que dominara a la oligarquía. Resolvieron retomar una vez más el mismo camino que en la antigüedad, y restaurar el orden de cosas que había subsistido cuando el monopolio del poder le había sido quitado a los ricos y no había sido ganado por los pobres. Después de que había fallado una primera restauración, que es sólo memorable porque Tucídides -cuyo juicio político nunca es errado- lo declaró el mejor gobierno que Atenas había disfrutado, se renovó el intento con más experiencia y mayor singularidad de propósitos. Los partidos hostiles se reconciliaron, y se proclamó una amnistía, la primera en la historia. Resolvieron gobernar por coincidencia. Las leyes que habían sido sancionadas por la tradición fueron reducidas a un código, y ningún acto de la asamblea soberana sobre el que podían no estar de acuerdo era válido. Se trazó una gran distinción entre los renglones sagrados de la constitución, y los decretos que, de tiempo en tiempo, cumplían con las necesidades diarias; y el tramado de leyes que había sido el resultado del trabajo de generaciones fue transformado en independiente de las variaciones momentáneas de la voluntad popular. El arrepentimiento de los atenienses se dio demasiado tarde como para salvar la República. Pero la lección de su experiencia perdura para todas las épocas, porque enseña que el gobierno ejercido por todo el pueblo, por ser el gobierno de la clase más numerosa y poderosa, es un mal de la misma naturaleza que la monarquía pura y necesita, casi por las mismas razones, instituciones que la protejan de sí misma, y respeten y defiendan el reinado de la ley contra la arbitraria revolución de opiniones.

Paralelamente con el surgimiento y la caída de la libertad ateniense, Roma ha estado ocupada en la solución de los mismos problemas, con un mayor sentido constructivo y un mayor éxito temporarios, pero terminando en una catástrofe aún más terrible. El hecho de que entre los ingeniosos atenienses haya habido un desarrollo que se llevó a cabo a través de la discusión de buenos argumentos, produjo un conflicto entre fuerzas rivales en Roma. La política especulativa no era atractiva para el genio adusto y práctico de los romanos. Ellos no consideraban cuál hubiera sido el mejor modo de salvar una dificultad, sino que consideraban cuál era el modo indicado de acuerdo a casos similares; y le asignaban menos influencia al impulso y al espíritu del momento que a los ejemplos precedentes. Su carácter particular los movió a atribuir el origen de sus leyes a los tiempos antiguos, y en su deseo de justificar la continuidad de sus instituciones y de deshacerse de los reproches a la innovación, imaginaron la legendaria historia de los Reyes de Roma. La energía de su adherencia a las tradiciones hizo que su progreso fuera lento, ellos avanzaban sólo bajo la presión de necesidades prácticamente inevitables, y los mismos problemas surgieron una y otra vez, a menudo sin que fueran solucionados. La historia constitucional de la República gira en torno al esfuerzo de la aristocracia - quienes aseguraban ser los únicos auténticamente romanos- por retener en sus manos el poder que habían arrancado a los Reyes, y la plebe por obtener una participación equitativa. Y esta controversia, que los entusiastas e incansables atenienses superaron en una generación, duró más de dos siglos, desde la época en que la plebe estaba excluída del gobierno de la ciudad y se les aplicaban impuestos y se les obligaba a trabajar sin pago, hasta que se les reconoció igualdad política en el año 285. Luego siguieron 150 años de prosperidad y gloria inigualadas, y después surgió del problema original que habia sido sólo teóricamente resuelto, una nueva lucha sin desenlace.

La masa de familias más pobres, empobrecidas por el incesante servicio en la guerra, fueron reducidas a la dependencia de la aristocracia de alrededor de 2.000 hombres ricos, que se dividieron entre ellos los inmensos dominios del Estado. Cuando la necesidad se hizo intensa el Graco intentó aliviarla induciendo a las clases más ricas a asignar cierta participación de las tierras públicas a la gente común. La vieja y famosa aristocracia de nacimiento y de rango había llevado a cabo una tenaz resistencia, pero conocía el arte de ceder. La siguiente aristocracia, más egoísta, no fue capaz de aprender este arte. El carácter de la gente fue cambiado por motivos de disputa más severos. La lucha por el poder político se había desarrollado con moderación, una cualidad muy honorable en la contienda política en Inglaterra. Pero la lucha por objetos de existencia material creció hasta ser tan feroz como las controversias civiles en Francia. Rechazada por los ricos después de una lucha de 22 años, la gente del pueblo -320.000 de las cuales dependían de las raciones públicas de comida- estaba preparada para seguir a cualquier hombre que les prometiera obtener por una revolución lo que no podían conseguir por la ley.

Durante un tiempo el Senado, que representaba el antiguo y amenazado orden de cosas, fue suficientemente fuerte como para vencer a cualquier líder popular que surgiera; hasta que Julio César, apoyado por un ejército a quien había guiado en una carrera de conquistas sin precedentes y por las masas famélicas que había ganado mediante una fastuosa liberalidad, y con una habilidad en el arte imperial de gobernar superior a la de cualquier otro hombre, convirtió la República en una Monarquía por medio de una serie de medidas que no fueron ni violentas ni injuriosas.

El Imperio conservó las formas republicanas hasta el reinado de Dioclesiano; pero la voluntad de los emperadores era tan incontrolada como había sido la del pueblo después de la victoria de los Tribunos. Su poder era arbitrario, incluso cuando estaba más inteligentemente empleado; y aún así el Imperio Romano prestó un servicio más grande a la causa de la libertad que la República Romana. No lo digo por los accidentes temporales, ya que hubo emperadores que hicieron un uso adecuado de sus inmensas oportunidades, como Nerva de quien Tácito dijo que había combinado la monarquía y la libertad - cosas de otro modo incompatibles- o que el Imperio fuera la perfección de la democracia como declararon sus defensores. A decir verdad, fue un despotismo mal disfrazado y odioso. Pero Federico El Grande fue un déspota, así y todo fue amigo de la tolerancia y la libre discusión. Los Bonaparte eran déspotas, aún así nunca ningún gobernante liberal fue más aceptable a las masas del pueblo que el primer Napoleón después de que, en 1805, destruyera la República; y que el tercer Napoleón, en 1859, en la cima de su poder. Del mismo modo el Imperio Romano poseyó méritos que, vistos a la distancia -y especialmente a la gran distancia en el tiempo- conciernen más profundamente a todos los hombres, que las trágicas tiranías, que eran sufridas sólo en las vecindades del palacio. Los pobres tenían lo que en vano habían demandado de la República. Los ricos salieron mejor parados que durante el Triunvirato. Los derechos de los ciudadanos romanos se extendieron a las gentes de las provincias. La mejor parte de la literatura romana y de la Ley Civil pertenecen a la época imperial; y fue el Imperio el que mitigó la esclavitud, instituyó la torelancia religiosa, comenzó la Ley de las Naciones y creó un sistema perfecto de la ley de propiedad. La República derrocada por César había sido cualquier cosa menos un estado libre. Previó seguridades extraordinarias a los derechos de los cuidadanos; trató con un desprecio salvaje los derechos del hombre, y permitió a los romanos libres a infligir atroces injusticias a sus hijos, a sus deudores y dependientes, a sus prisioneros y esclavos. Aquellas profundas ideas de derechos y deberes que no se encuentran en las leyes municipales, pero que eran consideradas por las generosas mentes de los griegos, no fueron tenidas en cuenta, y las filosofías que involucraban estas especulaciones fueron proscriptas en numerosas ocasiones por ser maestras de sedición e impiedad.

Finalmente, en el año 155 el filósofo ateniense Carneades llegó a Roma en misión política. Durante un intervalo en sus asuntos oficiales ofreció dos discursos públicos para darle a los analfabetos conquistadores de su país una prueba de los debates que surgían en las escuelas del Ático. El primer día pronunció su discurso sobre la teoría natural. Al día siguiente negó su existencia argumentando que todas nuestras nociones del bien y del mal derivan del derecho positivo. Desde la época de aquella memorable representación, el genio del pueblo conquistado tuvo subyugado a sus conquistadores. Los hombres públicos más eminentes de Roma, como Escipión y Cicerón, formaron su pensamiento en el modelo griego; y sus juristas se sometieron a la rigurosa disciplina de Zenón y Crisipo.

Si, trazando una límite en el siglo II, cuando la influencia del cristianismo comienza a hacerse perceptible, debiéramos formar nuestro juicio sobre la política de la antigüedad de acuerdo a su legislación actual, nuestra estima sería baja. Las nociones de libertad que prevalecían eran imperfectas, y los esfuerzos por realizarla estaban lejos de lograr su cometido. Los antiguos comprendieron mejor la regulación del poder que la regulación de la libertad. Concentraron tantas prerrogativas en el estado de modo de no dejar pie a que el hombre pudiera negar su jurisdicción o delimitar su actividad. Si se me permite emplear un anacronismo muy expresivo diré que el vicio del estado clásico era que la Iglesia y el Estado eran uno solo. La moralidad estaba confundida con la religión y la política con la moral; y en la religión, moralidad y política había sólo un legislador y una autoridad. El estado, mientras hacía muy poco por la educación, por la ciencia práctica, por los indigentes y necesitados, y por las necesidades espirituales del hombre, reclamaba el uso de todas sus facultades y la determinación de todas sus obligaciones. Los individuos y familias, asociaciones y dependencias, eran tan materiales que el poder soberano los consumía para sus propios propósitos. Lo que el esclavo era en las manos de su dueño, el ciudadano lo era en las manos de la comunidad. Las obligaciones más sagradas desaparecían frente a las necesidades de la comunidad. Los pasajeros existían en beneficio del barco. A través de su desprecio de los intereses privados y del bienestar moral y desarrollo del pueblo, Grecia y Roma destruyeron los elementos vitales sobre los que yace la prosperidad de las naciones, y perecieron debido a la decadencia de las familias y a la despoblación del país. No sobrevivieron en sus instituciones pero sí en sus ideas, y por sus ideas, especialmente en el arte de gobernar, son

"Los reyes muertos, pero coronados que siguen gobernando

Nuestros espíritus desde sus urnas."

Hasta ellos se pueden rastrear casi todos los errores que están debilitando la sociedad política: comunismo, utilitarismo, la confusión entre tiranía y autoridad, y entre la falta de leyes y la libertad.

A Critias se le debe la noción de que el hombre vivía originariamente en un estado natural, por la violencia y sin leyes. El comunismo en su forma burda fue recomendado por Diógenes de Sínope. De acuerdo a los sofistas no hay deber por encima de la conveniencia, y no hay virtud aparte del placer. Las leyes son una invención de los hombres débiles para robar lo mejor al gozo de sus superiores. Es mejor infligir el mal que sufrir el mal y del mismo modo que no hay mejor beneficio que hacer el mal sin temer el castigo, no hay peor mal que sufrir sin el consuelo de la venganza. La justicia es la máscara de un espíritu cobarde; la injusticia es la sabiduría del mundo: y el deber, la obediencia y el negarse a sí mismo son imposturas de la hipocrecía. El estado es absoluto y puede ordenar lo que le plazca; y nadie puede quejarse de que le hace daño; pero mientras pueda escapar a la obligación y al castigo, es libre de desobedecer. La felicidad consiste en obtener el poder y en eludir la necesidad de desobedecer, y aquel que gane el trono por la perfidia y el asesinato, merece ser realmente envidiado.

Epicuro difería muy poco de estos postulados del código del despotismo revolucionario. Dijo que todas las sociedades están fundadas en un contrato para la protección mutua. El bien y el mal son términos convencionales, ya que los rayos del cielo caen igual sobre justos e injustos. La objeción a la maldad no está en el acto sino en las consecuencias del que obra mal. Los hombres sabios no diseñan leyes para atarse a ellas, sino para protegerse; y cuando esas leyes demuestran no ser provechosas cesan en su validez. Los sentimientos prejuiciosos de incluso los más ilustres metafísicos son revelados por el dicho de Aristóteles de que las señales de los peores gobiernos es que dejan libertad a los hombres para que vivan como les plazca.

Si ustedes tienen presente que Sócrates, el mejor de los paganos, no conocía un criterio más elevado para los hombres, una mejor guía de conducta, que las leyes de cada país. Que Platón, cuya doctrina sublime estaba tan cercana a una anticipación de la cristiandad, que célebres teólogos desearon que su trabajo fuera prohibido, no sea que los hombres indiferentes a cualquier dogma más elevado -a aquellos que le fue entregada la visión profética del Hombre Justo acusado, condenado y flagelado y muriendo en una Cruz- se contenten con ellos, a pesar de que había utilizado el intelecto más espléndido que haya sido otorgado al hombre, para defender la abolición de la familia y la exposición de infantes. Que Aristóteles, el más hábil moralista de la antigüedad, no consideró equivocado atacar a los pueblos vecinos para reducirlos a la esclaviud, incluso más, si consideran que, entre los modernos, hombres de genio similar al de aquellos han conducido políticas no menos criminales o absurdas- les será evidente a ustedes qué tenaz es la falange del error que bloquea el camino de la Verdad. Que la Razón pura es tan poco poderosa como las Costumbres para resolver el problema de un gobierno libre; que sólo puede ser el fruto de largas, múltiples y dolorosas experiencias; y que la búsqueda de los métodos por los que la sabiduría divina ha educado las naciones para que aprecien y asuman las obligaciones de la Libertad, no es la menor parte de aquella verdadera filosofía que estudia para

"Afirmar la eterna Providencia,

Y justificar los caminos de Dios a los hombres."

Pero al hacer evidentes la profundidad de sus errores les daré una idea muy equivocada de su sabiduría si permito que sus preceptos no se vean mejores que sus prácticas. Mientras que los gobernantes, senados y asambleas populares nos dieron ejemplo y descripción de todo tipo de errores garrafales, surgió una noble literatura en la que se guardó el tesoro precioso de la sabiduría política y en la que se exponían los defectos de las instituciones existentes con una implacable sagacidad. El punto en el que la mayoría de los antiguos coincidía es en el derecho del pueblo a gobernar, y en su incapacidad de gobernar solo. Para subsanar esta dificultad, para darle al elemento popular una participación completa, pero sin monopolio de poder, adoptaron muy generalmente la teoría de una constitución mixta. Éstas difieren de nuestra noción de la misma cosa, porque las constituciones modernas han sido un mecanismo para limitar la monarquía. Los griegos las inventaron para dominar o contener la democracia. La idea surgió en época de Platón -a pesar de que él la rechazaba- cuando las primeras monarquía y oligarquías habían desaparecido; y se mantuvo mucho después de que todas las democracias habían sido absorbidas en el Imperio Romano. Pero mientras un príncipe soberano que cede parte de su autoridad da paso al argumento de la fuerza superior; el pueblo soberano que renuncia a sus propias prerrogativas, sucumbe ante la influencia de la Razón. Y en todo tiempo ha probado ser más fácil poner límites mediante el uso de la fuerza que mediante la persuación.

Los escritores antiguos vieron claramente que cada principio de gobierno aislado, es llevado al exceso y provoca una reacción. La monarquía se transforma en despotismo. La aristocracia se reduce a la oligarquía. La democracia se expande en la supremacía de la cantidad. Imaginaron, por lo tanto, que limitando cada elemento al combinarlo con los otros, evitaría el proceso natural de autodestrucción, y dotarían al estado de una perpetua juventud. Pero esta armonía de la monarquía, aristocracia y democracia mezcladas entre sí, que era el ideal de muchos escritores, y que se suponía exhibidas por Esparta, Cartago y Roma, era una quimera de los filósofos nunca realizada en la Antigüedad. Al final Tácito, más inteligente que el resto, confesó que la constituciones mixta, aunque admirable en teoría, era difícil de establecer e imposible de mantener. Su descorazonadora confesión no ha sido repudiada por experiencias posteriores.

El experimento se ha intentado más a menudo de lo que puedo contar, con una combinación de recursos que eran desconocidos para los antiguos -con cristianismo, gobierno parlamentario, y prensa libre. Aún así no hay ningún ejemplo de esa constitución equilibrada que haya durado un siglo. Si alguna vez triunfó ha sido en nuestro favorecido país y en nuestra época: no sabemos aún por cuanto tiempo la sabiduría de la nación conservará el equilibrio. El control federal era tan familiar a los antiguos como el control constitucional. Ya que el tipo de todas sus repúblicas fue el gobierno de una ciudad por sus propios habitantes que se reunían en el lugar público. Una administración que abarcara muchas ciudades era conocida por ellos sólo en la forma de la opresión que Esparta ejerció sobre Micenas, Atenas sobre sus Confederados y Roma sobre Italia. En tiempos modernos los recursos que le permiten a un gran pueblo gobernarse a sí mismo a través de un centro único no existía entonces. La igualdad sólo puede ser preservada por el federalismo; y ocurrió más a menudo entre ellos que el mundo moderno. Si la distribución del poder entre las distintas partes del estado es la restricción más efectiva sobre la monarquía, la distribución del poder entre varios estados es el mejor control sobre la democracia. Multiplicando los centros de gobierno y discusión, promueve la difusión del conocimiento político y el mantenimiento de la opinión saludable e independiente. Es el protectorado de las minorías y la consagración del autogobierno. Pero a pesar de que debe ser enumerada entre los mayores logros del genio práctico en la antigüedad, surgió de la necesidad, y sus progresos eran investigados imperfectamente en teoría.

Cuando los griegos comenzaron a reflexionar sobre los problemas de la sociedad, primero que nada, aceptaron las cosas como eran e hicieron lo mejor posible para explicarlas y defenderlas. La investigación, que entre nosotros está estimulada por la duda, comenzó entre ellos por el asombro. El más ilustre de los primeros filósofos, Pitágoras, promulgó una teoría para la preservación del poder político en la clase educada, y ennobleció una forma de gobierno que generalmente estaba fundada en la ignoracia popular y en poderosos intereses de clase. Él predicó autoridad y subordinación, y se abocó más a las obligaciones que a los derechos, a la religión que a la política; y su sistema pereció en la revolución en que las oligarquías fueron barridas. La revolución desarrolló después su propia filosofía cuyos excesos ya he descripto.

Pero entre las dos eras, entre las rígidas enseñanzas de los Pitagóricos y las teorías disolutas de Protágoras, surgió un filósofo que se mantuvo distante de ambos extremos, y que sus dichos difíciles nunca fueron realmente comprendidos o valorados hasta nuestros tiempos. Heráclito de Éfeso depositó su libro en el templo de Diana. El libro ha perecido, como el templo y su culto; pero sus fragmentos han sido recolectados e interpretados con un ardor increíble por los estudiosos, los religiosos, los filósofos y políticos que han estado más intensamente involucrados en el duro trabajo y la tensión de este siglo. Los lógicos más renombrados de la generación pasada adoptaron cada una de sus proposiciones, y el agitador más brillante entre los socialistas continentales compuso un trabajo de 840 páginas para conmemorarlo.

Heráclito se quejaba de que las masas eran sordas a la verdad, y no sabían que un buen hombre vale más que mil; pero apoyaba el orden existente con reverencia para nada supersticiosa. Él sostenía que el conflicto es la fuente y motor de todas las cosas. La vida es movimiento continuo y el reposo es la muerte. Ningún hombre puede sumergirse en la misma corriente dos veces, ya que ésta está pasando y en constante movimiento, y nunca es la misma. La única cosa fija y cierta en medio del cambio es la razón soberana y universal que no todos los hombres perciben, pero que es común a todos. Las leyes no están sostenidas por ninguna autoridad humana, sino en virtud de su derivación de la ley divina. Estos dichos, que recuerdan el marco de la verdad política que hemos encontrado en los Libros Sagrados, y nos llevan hasta las últimas enseñanzas de nuestros más iliminados contemporáneos, serían sometidos a bastantes aclaraciones y comentarios. Afortunadamente Heráclito era tan confuso que Sócrates no pudo comprenderlo, y yo tampoco pretenderé haberlo comprendido.

Si el tema de mi conferencia era la historia de la ciencia política, el punto más extenso y más elevado pertenecerá a Platón y a Aristóteles. Las leyes de uno y la política del otro son, si se me permite confiar en mi experiencia, los libros de donde podemos aprender más acerca de los principios políticos. La agudeza con que estos dos grandes maestros del pensamiento analizaron las instituciones de Grecia, y expusieron sus vicios, no es sobrepasada por nadie en la literatura reciente; ni por Burke o Hamilton, los mejores escritores políticos del siglo pasado, ni por Tocqueville o Roscher, los más eminente del nuestro. Pero Platón y Aristóteles eran filósofos, estudiosos no de la libertad sin guía, sino del gobierno inteligente. Ellos vieron los desastrosos efectos de las luchas mal dirigidas por la libertad; y resolvieron que era mejor no luchar por obtenerla, sino contentarse con una administración fuerte, adaptada prudentemente para hacer a los hombres prósperos y felices.

Ahora la libertad y el buen gobierno no se excluyen mututamente, y existen excelentes razones por las cuales deben ir juntos. La libertad no es un medio para obtener un fin político más elevado. Es en sí misma el fin político más elevado. No es necesaria en beneficio de una buena administración pública, sino por la seguridad en la búsqueda de los objetivos más altos de la sociedad civil, y de la vida privada. El aumento de la libertad en el Estado a veces puede promover la mediocridad, y darle más vitalidad al prejuicio; puede, incluso, retardar la legislación útil, disminuír la capacidad para la guerra, y restringir los límites del Imperio. Puede decirse con razón, que si bien muchas cosas serían peores en Inglaterra o Irlanda bajo un despotismo inteligente, algunas cosas se manejarían mejor; que el gobierno romano estuvo más iluminado bajo el gobierno de Augusto y Antonio que bajo el gobierno del Senado, en los días de Mario o Pompeyo. Un espíritu generoso prefiere que su país sea pobre y débil pero libre, a que sea poderoso y próspero, pero esclavizado. Es preferible ser ciudadano de una humilde nación en los Alpes, sin posibilidad de influencia fuera de sus fronteras, que un sujeto de una espléndida autocracia que haga sombra a la mitad de Asia y Europa. Pero se puede insistir, por otra parte, que la libertad no es la suma o el sustituto de todas las cosas por las que los hombres deben vivir; que para ser real debe estar circunscripta, y que los límites de esa cicunscripción varían; que la civilización que avanza reviste cada vez más al estado con derechos y obligaciones e impone al sujeto cargas cada vez mayores y restricciones; que una comunidad altamente instruída e inteligente puede percibir los beneficios de las obligaciones compulsivas las que al principio se considerarán insoportables; que el progreso liberal no es vago o indefinido, sino que apunta a un punto donde el público no está sometido a ninguna restricción, sino a aquellas a las que encuentre provecho; que un país libre será menos capaz de realizar un progreso en la religión, en la prevención del vicio, o en el alivio del sufrimiento, que otro que no se acobarde de enfrentar grandes emergencias con el sacrificio de algunos derechos individuales y algo de concentración de poder; y que a veces deba posponerse el fin político supremo para obtener unos objetivos morales aún más importantes. Mi argumento no involucra ninguna oposición a estas reflexiones. No nos estamos refiriendo a los efectos de la libertad sino a sus causas. Estamos buscando las influencias que controlaron a los gobernos arbitrarios, ya sea por la difusión de poderes, o por recurrir a una autoridad que trasciende a todos los gobiernos; y entre aquellas infuencias los más grandes filósofos de Grecia no tienen ningún reclamo que deba ser reconocido.

Son los estoicos los que emanciparon al género humano del gobierno despótico, y son sus ideas iluminadas las que colocaron el puente sobre el abismo que separa el Estado antiguo del cristiano, y guiaron el camino hacia la libertad. Viendo que poco seguro es que las leyes de cualquier lugar sean sabias o justas, y que la voluntad unánime del pueblo y la aprobación de las naciones pueden equivocarse, los estoicos buscaron más allá de esas estrechas barreras, y por encima de esas sanciones inferiores los principios que merecen regular la vida de los hombres y la existencia de la sociedad. Hicieron saber que existe una voluntad superior a la voluntad colectiva del hombre, y una ley que sobrepasa las de Solón y Licurgo. Su prueba de un buen gobierno es su conformidad con principios que pueden rastrearse hasta un legislador superior. Es a aquella ley inmutable perfecta y eterna como Dios mismo, que procede de Su naturaleza, y reina sobre el cielo y la tierra y sobre todas las naciones a quien debemos obedecer, y a las que estamos obligados a someter toda autoridad civil, y por la cual sacrificar cualquier interés mundano.

El gran dilema es descubrir, no qué gobiernos prescribe sino cuál debería prescribir, ya que ninguna prescripción es válida contra la conciencia del ser humano. Ante Dios no hay griegos ni bárbaros, ricos ni pobres, y el esclavo es tan bueno como su dueño, ya que todos los hombres son libres por nacimiento, son ciudadanos de la nación universal que abraza a todo el mundo, hermanos de una misma familia e hijos de Dios. La verdadera guía de nuestra conducta no es la autoridad externa, sino la voz de Dios, que baja para habitar en nuestras almas, que conoce todos nuestros pensamientos, a quien debemos toda la verdad que conocemos y todo el bien que hacemos, ya que el vicio es voluntario, y la virtud proviene de la gracia del espíritu celestial.

Los filósofos que se habían embebido de la ética sublime del Pórtico siguieron explicando cuáles son las enseñanzas de esa voz divina: no es suficiente actuar al pie de la letra de la ley, o darle a cada hombre lo que merece; debemos darles más que lo que merecen, debemos ser generosos y benévolos, debemos dedicarnos al bien de los demás, viendo nuestro premio en la negación de uno mismo y en el sacrificio, actuando por motivos de solidaridad y no de ventaja personal. Por lo tanto debemos tratar a los demás como nos gustaría que ellos nos trataran, y debemos perseverar hasta la muerte en hacer el bien a nuestros enemigos, a pesar de la ingratitud y el menosprecio. Porque debemos estar en lucha con el mal pero en paz con los hombres, y es preferible sufrir la injusticia que cometerla. La verdadera libertad consiste en obedecer a Dios, dice el más elocuente de los estoicos. Un Estado gobernado por principios como éstos hubiese sido libre mucho más allá de los parámetros de la libertad griega o romana; ya que abren la puerta a la tolerancia religiosa y la cierran a la esclavitud. Zenón dice que ni la compra ni la conquista pueden hacer a un hombre propietario de otro.

Estas doctrinas fueron adoptadas y aplicadas por los grandes juristas del imperio. Dijeron que la ley de la Naturaleza es superior a la ley escrita, y que la esclavitud está en contra de la ley de la Naturaleza. El hombre no tiene derecho a hacer lo que le plazca con lo suyo, o a aprovecharse de la pérdida de otro. Esa es la sabiduría política de los Antiguos, tocante a los fundamentos de la libertad, como lo vemos en su más alto desarrollo, en Cicerón, en Séneca y en Filón, un judío de Alejandría. Sus escritos nos impresionan por la grandeza del trabajo de preparación al Evangelio, que había sido logrado entre hombres en la víspera de la misión de los Apóstoles. San Agustín, después de citar a Séneca exclama: "¿Qué podría decir un cristiano que este pagano no haya dicho?" Los paganos iluminados habían alcanzado el punto más alto que podía obtenerse antes de que se produjera la plenitud de los tiempos. Hemos visto la amplitud y el esplendor del campo de influencia del pensamiento Helénico, y nos ha traído al umbral de un Reino más grande. Lo mejor de los últimos clásicos utiliza casi el lenguaje de la cristiandad y está en el límite de su espíritu.

Pero en todo lo que he podido citar de la literatura clásica, se reclaman tres cosas: gobierno representativo, la emanciapación de los esclavos y la libertad de conciencias. Es verdad que hubo asambleas deliberativas elegidas por la gente; y ciudades confederadas, de las cuales, tanto en Europa como en Asia, había muchas Ligas, que enviaron sus delegados a que las representaran en consejos federales. Pero el gobierno ejercido por un parlamento electo era , incluso en la teoría, algo desconocido. Es congruente con la naturaleza del politeísmo admitir algunas medidas de tolerancia. Y Sócrates, cuando confesó que debía obedecer a Dios más que a los atenienses, y los estoicos cuando ubicaron al hombres sabio por encima de la ley, estuvieron a punto de dar forma a este principio. Pero fue por primera vez proclamado y establecido por ley no en la Grecia filosófica y politeísta, sino en la India, por Asoka, el más antiguo de los reyes budistas, 250 años antes del nacimiento de Cristo.

La esclavitud ha sido, mucho más que la intolerancia, la maldición perpetua y el reproche a la civilización antigua, y a pesar de que su legalidad se puso en duda en los días de Aristóteles y fue no implíta sino explícitamente negada por varios estoicos, la filosofía moral de los griegos y romanos, y también sus prácticas se pronunciaron decididamente a su favor. Pero hubo una persona extraordinaria que en ésto y en otras cosas anticipó el concepto más puro que estaba por llegar. Filón de Alejandría es uno de los escritores cuya visión de la sociedad estaba más avanzada. Él aplaude no sólo la libertad sino también la igualdad en el disfrute de los bienes. Él cree que una democracia limitada, purgada de sus elementos más groceros, es el modo de gobierno más perfecto, y que gradualmente se extenderá a todo el mundo. Por libertad él entendió el seguimiento de Dios. Filón, aunque solicitó que la condición del esclavo se hiciera compatible con los requerimientos y necesidades de su naturaleza más elevada, no condenó absolutamente la esclavitud. Pero dejó documentadas las costumbres de los Esenios de Palestina, un pueblo que, uniendo la sabiduría de los gentiles con la fe de los judíos, llevó una vida no contaminada por las civilizaciones que lo rodeaban y fueron los primeros en rechazar la esclavitud tanto en los principios como en la práctica. Formaron una comunidad religiosa más que un estado y su número no excedía los 4.000. Pero su ejemplo da testimonio de hasta qué punto estos hombres religiosos fueron capaces de elevar su concepto de la sociedad incluso sin la ayuda del Nuevo Testamento, y ofrece la más fuerte condena a sus contemporáneos.

Ésta es la conclusión a la que llega nuesta investigación: no hay prácticamente ninguna verdad en política o en el sistema de los derechos del hombre que no haya sido alcanzada por los gentiles y los judíos más sabios, o que haya sido declarada con un refinamiento de ideas y nobleza de expresión, que pueda ser sobrepasada por los escritores más recientes. Podría seguir horas recitándoles pasajes sobre las leyes de la naturaleza y las obligaciones del hombre, tan solemnes y religiosos que a pesar de que provienenen del teatro profano en la Acrópolis y del Foro romano, ustedes jurarían que están escuchando himnos de las iglesias cristianas y discursos de ministros ordenados. Pero a pesar de que las máximas de los grandes maestros clásicos, Sófocles, Platón y Séneca, y los gloriosos ejemplos de virtud pública estaban en boca de todos los hombres, no tenían poder para impedir el destino de esa civilización por la que la sangre de tantos patriotas y el genio de tan incomparables escritores había sido derramados en vano. Las libertades de las naciones de la antigüedad fueron aplastadas bajo un despotismo desesperanzado e inevitable, y su vitalidad fue utilizada para redimir tanto a las sociedades como a los hombres cuando el nuevo poder llegó de Galilea, entregando cuanto era necesario para la eficacia del conocimiento humano.

Sería presuntoso si intentera indicar los numerosos canales por los que la influencia cristiana penetró gradualmente en el estado. El primer fenómeno llamativo es la lentitud con que se manifestó una acción destinada a ser tan prodigiosa. Desparramándose a todas las naciones, que estaban en distintos estados de civilización y bajo casi todas las formas de gobierno, el cristianismo no tenía nada del carácter de un apostolado político, y en su misión exclusiva a los individuos no desafió la autoridad púbica. Los primeros cristianos evitaron el contacto con el estado, se abstuvieron de las responsabilidades públicas y eran reticentes a servir en el ejército. Valorando su pertenecia a un reino que no es de este mundo, ellos perdieron las esperanzas en un imperio que se veía demasiado poderoso para ser resistido y demasiado corrupto para ser convertido, cuyas instituciones -el trabajo y el orgullo de inmunerables siglos de paganismo- habían sacado sus leyes de dioses considerados demonios por los cristianos; que sumergió, de tiempo en tiempo, sus manos en la sangre de los mártires, y que estaba más allá de la esperanza de la regeneración y precondenado a perecer. Estaban tan intimidados que imaginaron que la caída del estado sería el fin de la Iglesia y del mundo, y ningún hombre soñó el inconmensurable futuro de influencia espiritual y social que aguardaba a su religión entre la raza de destructores que estaba llevando al Imperio de Augusto y Constantino a la humillación y la ruina. Las obligaciones de gobierno estaban menos en sus pensamientos que las virtudes privadas y las obligaciones de los individuos; y pasó mucho tiempo antes de que fueran concientes de la carga del poder de su fe. Casi hasta la época de Crisóstomo se retrajeron de la obligación de emancipar a los esclavos.

A pesar de que la doctrina de independencia y abnegación, que es el fundamento de la economía política, fue escrita tan legible en el Nuevo Testamento como en la Riqueza de las Naciones, no fue reconocida sino hasta nuestros tiempos. Tertuliano se jacta de la obediencia pasiva de los cristianos. Melitón le escribe a un emperador pagano como si éste fuera incapaz de dar una orden injusta, y en tiempos cristianos Optatus pensó que cualquiera que pensara haber encontrado una falta en su soberano se autoexaltaba casi hasta el nivel de un dios. Pero este quietismo político no era universal. Orígenes, el más hábil escritor de los primeros tiempos, habló aprobando la conspiración para la destrucción de la tiranía.

Después del siglo IV las declaraciones contra la esclavitud son serias y contínuas. Y en un sentido teológico pero aún incipiente, clérigos del sigloII insisten sobre la libertad, y clérigos del siglo IV sobre la igualdad. Hubo una transformación esencial e inevitable en la política. Los gobiernos populares habían existido, y también los mixtos, y los gobiernos federales, pero no había habido gobiernos limitados, ningún estado cuya autoridad hubiese sido circunscripta y definida por un poder exterior al propio poder. Ese era el gran problema que la filosofía había planteado y que ningún estado había sido capaz de resolver. Aquellos que habían proclamado la existencia de una autoridad superior, habían colocado una barrera metafísica frente a los gobiernos, pero no habían sabido hacerla real. Lo único que Sócrates pudo conseguir por medio de la protesta contra la tiranía de la democracia reformada fue morir por sus convicciones. Los estoicos sólo pudieron aconsejar al hombre sabio mantenerse lejos de la política y guardar en su corazón la ley no escrita. Pero cuando Cristo dijo "dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios", esas palabras pronunciadas en su última visita al templo tres días antes de su muerte, le dieron al poder civil, bajo la protección de la conciencia, una sacralidad que nunca había disfrutado, y límites que nunca había conocido; y eran el repudio al absolutismo y la inauguración de la libertad. Porque nuestro Señor no sólo dió el precepto sino que creó la fuerza para ejecutarlo. Para mantener la necesaria inmunidad en el propio ámbito supremo, para reducir cualquier autoridad política dentro de límites definidos, dejó de ser una inspiración para pacientes pesadores, y se convirtió en una carga perpetua al cuidado de la institución más enérgica y a la asociación más universal del mundo. La nueva ley, el nuevo espíritu, la nueva autoridad, le dio a la libertad el sentido y el valor que no había poseído en la filosofía o en la constitución de Grecia o Roma, antes del conocimiento de la Verdad que nos hace libres.


La Historia de la Libertad en la Cristiandad

Discurso Pronunciado a los Miembros
del Bridgnorth Institute.

Cuando Constantino el Grande llevó la sede del Imperio desde Roma a Constantinopla, erigió un pilar de pórfiro en la plaza del mercado de la nueva capital, que había sido traído en balsa y carros desde Egipto y del cual se cuenta una extraña historia. Debajo de él, en una bóveda, enterró en secreto los siete emblemas sagrados del Estado Romano, que habían sido cuidado por las vírgenes en el Tempo de Vesta, con el fuego que nunca debía apagarse. En su cima erigió una estatua de Apolo que lo representaba a él, e incluyó un fragmento de la Cruz; y lo coronó con una diadema de rayos que eran los clavos empleados en la Crucifixión, que su madre creía haber encontrado en Jerusalem.

El pilar sigue en pie, es el monumento más importante que existe del imperio convertido. La noción de que los clavos que habían sostenido el cuerpo de Cristo, se convirtieran en un ornamento adecuado para un ídolo pagano que era llamado con el nombre del emperador vivo, indica la posición asignada a la cristiandad en la estructura imperial de Constantino. El intento de Dioclesiano de transformar el gobierno romano en un despotismo de tipo oriental había desencadenado la última y peor persecución del cristianismo. Y Constantino, al adoptar la fe cristiana, no intentó abandonar los esquemas políticos de su predecesor ni renunciar a la fascinación de la autoridad arbitraria, sino fortalecer su trono con el apoyo de una religión que había asombrado al mundo por su poder de resistencia; y para obtener ese apoyo absolutamente y sin que nadie se arrepintiera, él arregló que la sede de su gobierno estuviera en Oriente, con un patriarca de su propia creación.

Nadie le advirtió que al promover la religión cristiana se estaba atando una de sus manos, y renunciando a las prerrogativas de los Césares. Como autor reconocido de la libertad y superioridad de la Iglesia, se le llamaba guardián de su unidad. Él admitió la obligación, aceptó la confianza, y las divisiones que prevalecieron entre los cristianos dieron a sus sucesores muchas oportunidades de extender ese protectorado y de prevenir cualquier reducción en los reclamos o recursos del imperialismo.

Constantino declaró que su voluntad era equivalente a un Cánon de la Iglesia. De acuerdo a Justiniano, el pueblo romano habían transferido formalmente al Emperador la completa plenitud de la autoridad que tenían y, por lo tanto, el deseo del Emperador, expresado por un edicto o por una carta, tenía fuerza de ley. Incluso en los fervientes años de su conversión, el Implerio empleó su refinada civilización, la sabiduría acumulada de antiguos sabios, la razonabilidad y sutileza de la ley romana, y toda la herencia del mundo judío, pagano y cristiano, para hacer que la Iglesia sirviera como muleta dorada de su absolutismo. Ningún filósofo inspirado, ni tampoco toda la sabiduría política de Roma, o incluso la fe y virtud de los cristianos, sirvió contra la incorregible tradición de la antigüedad. Algo se requería, más allá de los regalos de la reflexión y de la experiencia -una facultad de autogobierno y autocontrol se desarrolló, como su propio idioma, en la fibra de una nación y creció junto con ella. Este elemento vital, que había sido extinguido por muchos siglos de guerra, de anarquía y de opresión, en los países que seguían envueltos en la pompa de la civilización antigua, fue depositado en la tierra de la cristiandad por la corriente fertilizante de la inmigración que derrocó al Imperio de Occidente.

En la cúspide de su poder los romanos advirtieron una raza de hombres que no habían abdicado la libertad en las manos de la monaquía; y el más hábil escritor del Imperio les señaló con un sentimiento vago y amargo, que el futuro del mundo le pertenecía a las instituciones de estos bárbaros, que aún no habían sido aplastadas por el despotismo. Sus reyes, cuando tuvieron reyes, no presidían sus Consejos; a veces eran elegidos, a veces eran depuestos, y estaban atados por juramento a actuar obedenciendo al deseo general. Disfrutaban de verdadera autoridad solamente en la guerra. Este republicanismo primitivo, que admite la monarquía como un incidente ocasional, pero que se atiene a la supremacía colectiva de todos los hombres libres, de la autoridad constituyente por encima de la autoridad constituída, es el germen remoto del gobierno parlamentario. La acción del estado estaba confinada a estrechos límites; pero, aparte de su condición como cabeza del estado, el rey estaba rodeado por un cuerpo de seguidores adheridos a él por vínculos políticos o personales. En éstos, sus inmediatos dependientes, la desobediencia o la resistencia a las órdenes no era más tolerada que en una esposa, un hijo o un soldado; y se esperaba que un hombre matara a su padre si su jefe se lo pedía. Así estas comunidades teutonas admitían una independencia de gobierno que amenazaba con disolver la sociedad, y una dependencia en las personas que era peligrosa para la libertad. Era un sistema muy favorable para las corporaciones pero no ofrecía ninguna seguridad para los individuos, un estado así no oprimía a los súbditos pero tampoco era capaz de protegerlos.

El primer efecto de esta gran inmigración teutona a las regiones civilizadas por Roma, fue hacer retroceder a Europa muchos siglos, a una condición escasamente superior que aquella de la que Atenas fue rescatada por las instituciones de Solón. Mientras los griegos conservaron la literatura, las artes y la ciencia de la antigüedad, y todos los monumentos sagrados de los primeros cristianos con una integridad tal -que los fragmentos que llegaron a nuestros días no nos permiten tener una idea acabada- incluso los campesinos de Bulgaria sabían el Nuevo Testamento de memoria, Europa Occidental yacía bajo el poder de unos dueños que ni el más hábil de ellos podía escribir su nombre. La capacidad de razonamiento exacto, de observación precisa, se extinguieron durante 500 años, incluso las ciencias más útiles a la sociedad, como la medicina y la geometría declinaron, hasta que los maestros de occidente fueron a la escuela bajo el dominio de los árabes. Para restablecer el orden de la ruina caótica, para levantar la nueva civilización y para unificar razas hostiles y desiguales en una nación, lo que se necesitaba no era la libertad sino la fuerza. Y todo el progreso de siglos está asociado a la acción de hombres como Clovis, Carlomagno y Guillermo el Normando, quienes eran hombres resueltos, imperiosos, y prontos a ser obedecidos.

El espíritu del paganismo inmemorial que había saturado a la civilización antigua no pudo ser exorcizado, excepto por las influencias combinadas de la Iglesia y el Estado; el sentimiento universal de que su unión era necesaria creó el Despotismo Bizantino. Los clérigos del Imperio, que no podían imaginarse a la cristiandad floreciendo más allá de sus fronteras, insistían en que el Estado no está en la Iglesia pero sí la Iglesia en el Estado. Esta doctrina había sido escasamente pronunciada cuando el rápido colapso del Imperio Occidental abrió un horizonte más rápido; y Salviano, un sacerdote en Marsella, proclamó que las virtudes sociales, las que estaban decayendo entre los civilizados romanos, eran más puras y prometedoras entre los invasores paganos. Ellos fueron convertidos con facilidad y rapidez, y su conversión generalmente era provocada por sus reyes.

La cristiandad, que en épocas anteriores se había dirigido a las masas, y se había apoyado en el principio de libertad, ahora hizo la llamada a los gobernantes, y lanzó su gran influencia en la balanza de la autoridad. Los bárbaros que no poseían libros ni conocimiento de muchos siglos ni educación, excepto en las escuelas de los clérigos, y que apenas habían adquirido los rudimentos de la instrucción religiosa, se aferraron como niños a aquellos hombres cuyas mentes estaban llenas con los conocimientos de las Escrituras, de Cicerón, de San Agustín; y en el estrecho mundo de sus ideas, la Iglesia se veía como algo infinitamente más vasto, más fuerte y más santo que sus estados recientemente fundados. Los clérigos proveyeron los medios para conducir los nuevos gobiernos y se los exceptuó de impuestos, de la jurisdicción de magistrados civiles y de los administradores políticos. Ellos enseñaron que el poder debe ser conferido por elección; y los Consejos de Toledo, construyeron el marco del sistema parlamentario español, que es el más antiguo del mundo. Pero la monarquía de los godos en España, como la de los sajones en Inglaterra, cuyos tronos fueron rodeados por los nobles y los prelados con las semblanzas de las instituciones libres, terminaron; y la gente que prosperó y cubrió con su sombra al resto fueron los francos, quienes no tenían nobleza nativa , y cuyas leyes de sucesión a la corona se convirtieron durante 1.000 años en el objeto de una superstición invariable, y bajo cuyo reinado el sistema feudal se desarrolló en exceso.

El feudalismo convirtió a la tierra en la medida y dueña de todas las cosas. Al no haber otro recurso de bienestar que el producto de la tierra, los hombres dependían de los señores feudales para escapar de la muerte por inanición; y así su poder se convirtió en preponderante sobre la libertad del sujeto y la autoridad del estado. Cada barón, decía una máxima francesa, es soberano sobre sus propios dominios. Las naciones de occidente yacían entre las competencias tiránicas de los magnates locales y los monarcas absolutos, cuando entró en escena una fuerza que probó, por un tiempo, ser superior a los vasallos y a sus señores.

En los días de la conquista, cuando los normandos destruyeron las libertades de Inglaterra, las toscas instituciones que habían llegado con los sajones, los godos y los francos desde los bosques de Alemania sufría la decadencia, y el nuevo elemento de gobierno popular que después fuera otorgado por el surgimiento de los pueblos y la formación de la clase media, aún no estaba activo. La única influencia capaz de resistir la jerarquía feudal era la jerarquía eclesiástica; y ellas entraron en conflicto cuando el progreso del feudalismo amenazó la independencia de la Iglesia, al sujetar severamente a los prelados a aquellas formas de dependencia personal del rey que era tan peculiar en el estado teutón.

A ese conflicto de 400 años le debemos el surgimiento de la libertad civil. Si la Iglesia hubiese continuado apoyando los tronos de los reyes a los que había ungido, o si la lucha hubiese terminado rápidadmente y en una victoria unánime, toda Europa se hubiera hundido bajo un despotismo bizantino o moscovita. Ya que la finalidad de las dos partes en lucha era la autoridad absoluta. Pero a pesar de que la libertad no era el fin por el que ellos luchaban fue el instrumento por el cual, tanto el poder temporal como el poder espiritual, llamaron a las naciones en su ayuda. Los pueblos de Italia y Alemania ganaron su franquicia, Francia obtuvo sus estados generales e Inglaterra su parlamento, de las fases cambiantes de la lucha; y mientras duró evitó el surgimiento del Derecho Divino. Existía una inclinación a considerar a la corona como un patrimonio heredable, según la ley de la propiedad real, en la familia que la poseía. Pero la autoridad de la religión, y especialmente del papado, fue tirada a la parte que negaba el inverosímil título de reyes. En Francia lo que después fue llamada la teoría gala, sostuvo que la casa reinante estaba por encima de la ley, y que el cetro no se entregaría a otra familia mientras hubiera príncipes de la sangre real de San Luis. Pero en otros países el juramento de fidelidad en sí mismo avalaba que fuera condicional, y que sólo se guardaría mientras durara el buen comportamiento; y fue en conformidad con la ley pública a la que se sujetaban todos los monarcas que el rey Juan fue declarado en rebeldía contra los barones; y que los hombres que elevaron al trono a Eduardo III, del que habían derrocado a su padre, invocaron la máxima: "Vox populi, Vox Dei".

Y esta doctrina del Derecho Divino de la gente, de elevar o bajar príncipes, después de obtener las sanciones de la religión, se ubicó en un terrenos más amplios y fue suficientemente fuerte como para resistir tanto a la Iglesia como al rey. En la lucha entre la casa de Roberto I de Escocia y la casa de la dinastía Plantagenet, por la posesión de Escocia e Irlanda, los ingleses decían que estaban apoyados por las censuras de Roma. Pero los irlandeses y escoceses se rehusaron, y el discurso por el cual el Parlamento Escocés informaba al Papa sobre su resolución muestra qué tan fuertemente había enraizado esa doctrina popular. Refiriéndose a Roberto I ellos dicen: "La Divina Providencia, las leyes y costumbres del país que defendemos hasta la muerte, y la elección de la gente lo han constituído nuestro rey. Si él alguna vez traicionara sus principios y consintiera que fuésemos súbditos del rey inglés, entonces lo trataremos como a un enemigo, como al que socava nuestros derechos y los suyos propios, y elegiremos a otro en su lugar. No nos importa la gloria o el bienestar sino aquella libertad que un hombre verdadero sólo entregaría con su vida." Esta opinión de la realeza era natural entre hombres acostumbrados a ver a aquellos que más respetaban en lucha constante con sus gobernantes. Gregorio VII había comenzado su desprecio de las autoridades civiles diciendo que son el trabajo del diablo; y ya en su época ambas partes habían reconocido la soberanía del pueblo, y apelaban a ella como la fuente inmediata de poder.

Dos siglos después esta teoría política había obtenido tanta definición como fuerza entre los Güelfos, que eran el partido de la Iglesia, y entre los Gibelinos, o imperialistas. He aquí el sentimiento del más famoso de todos los escritores Güelfos: "Un rey que es infiel a su deber pierde el derecho a reclamar obediencia. No es una rebelión lo que lo destituye, ya que él mismo es un rebelde que la nación tiene el derecho a destronar. Pero es mejor reducir su poder para que no le sea posible abusar de él. Para este propósito, la nación entera merece tener parte en el gobierno de sí misma; la constitución debe combinar una monarquía limitada y electiva con una aristocracia de mérito, y tal combinación de democracia que permita a todas las clases acceder a un cargo público, por elección popular. Ningún gobierno tiene derecho a cobrar impuesos más allá del límite determinado por la gente. Toda autoridad política deriva del sufragio popular, y todas las leyes deben ser hechas por el pueblo o sus representantes. No hay seguridad para nosotros mientras dependamos de la voluntad de otro hombre." Este lenguaje que contiene la primera exposición de la teoría Whig sobre la revolución, está tomado de los trabajos de Santo Tomás de Aquino, de quien Lord Bacon dice que tenía el corazón más amplio de los clérigos escolásticos. Y vale la pena observar que escribió en el mismo momento en que Simón de Montfort convocó a los Comunes; y que la política del fraile napolitano está adelantada por siglos a los gobernantes ingleses.

El escritor más hábil del partido de los Gibelinos era Marcelo de Padua. Él dijo: "Las leyes obtienen su autoridad de la nación y son inválidas sin su aprobación. Como el todo es más grande que cualquiera de sus partes, es erróneo que cualquier parte deba legislar para el todo; y como los hombres son iguales, está mal que uno deba atenerse a leyes hechas por otro hombre. Pero al obedecer las leyes que todos los hombres han consentido, todos los hombres en realidad se gobiernan a sí mismos. El monarca quien es instituído por la legislatura, para ejecutar su voluntad debe estar armado con una fuerza suficiente como para ejercer la coerción sobre los individuos, pero no suficiente para controlar a la mayoría del pueblo. Él es responsable ante la nación y sujeto a la ley; y la nación que lo elige y que le asigna sus obligaciones debe controlar que obedezca la constitución, y debe echarlo si la viola. Los derechos de los ciudadanos son independientes de la fe que profesan, y ningún hombre debe ser castigado por su religión." Este escritor -que en algunos aspectos vió más lejos que Locke o Montesquieu- tenía una comprensión tan sólida respecto a la soberanía de la nación, el gobierno representativo, la superioridad del legislativo sobre el ejecutivo, y la libertad de conciencias -principios que dominarían el mundo moderno- vivió durante el reinado de Eduardo II, hace 550 años.

Es significativo que estos dos escritores estuvieran de acuerdo en tantos de los puntos fundamentales que han sido, desde entonces, el tema de controversia; ya que pertenecían a escuelas enfrentadas; y uno de ellos hubiera pensado que el otro merecía la muerte. Santo Tomás le hubiera dado al papado el control sobre todos los gobiernos cristianos. Marcelo hubiera sometido a todos los clérigos a la ley de la tierra y les hubiese puesto restricciones tanto en cuanto a la propiedad como en cuanto a la cantidad. A medida que el gran debate se desarrollaba, muchas cosas se aclararon gradualmente y se convirtieron en convicciones aseguradas. Éstos no eran los pensamientos de mentes proféticas que estaban por encima del nivel de sus contemporáneos: había alguna posibilidad de que ellos llegarían a dominar el mundo práctico. El antiguo régimen de los barones estaba seriamente amenazado. La apertura del Oriente por las cruzadas había dado un gran estímulo a la industria. Una corriente llegó a las ciudades desde el campo; y no había lugar para los gobernantes de los pueblos en la maquinaria feudal. Cuando los hombres encontraron un modo de ganarse la vida sin depender de la buena voluntad de la clase que poseía la tierra, los señores feudales perdieron buena parte de su importancia y ésta empezó a transferirse a los poseedores de bienes inmuebles. La gente de los pueblos no sólo se liberó del control de los prelados y barones, sino que intentó por todos los medios obtener el control del estado para su propia clase e intereses.

El siglo XIV estuvo lleno con los tumultos de esta lucha entre la democracia y la caballería. Las ciudades italianas, más adelantadas en inteligencia y civilización, guiaron el camino con constituciones democráticas, generalmente de un tipo ideal e impracticable. Los suizos abandonaron el yugo de Austria. Dos largas cadenas de ciudades libres surgieron: a lo largo del Rhin y a través del corazón de Alemania. Los ciudadanos de París tomaron posesión del rey, reformaron el Estado y comenzaron su tremenda carrera de experimentos para gobernar Francia. Pero el crecimiento más saludable y vigoroso de las libertades municipales, de entre todos los países del continente, se dio en Bélgica que había sido, desde épocas inmemoriales, la más tenaz en su fidelidad a los principios de autogobierno. Tan vastos eran los recursos concentrados en los pueblos flamencos, y el movimiento democrático estaba tan ampliamente difundido, que se dudó por mucho tiempo si los nuevos intereses no prevalecerían, y si la ascendencia de la aristocracia militar no pasaría a manos de la riqueza e inteligencia de aquellos hombres que vivían del comercio. Pero Rienzi, Marcel, Alteverde y los otros campeones de la inmadura democracia de aquellos días, vivieron y murieron en vano. La agitación de la clase media había revelado la necesidad, las pasiones y las aspiraciones de los pobres que sufrían debajo; insurrecciones feroces en Francia e Inglaterra provocaron una reacción que atrasó siglos el reajuste del poder, y la sombra de la revolución social surgió en el camino de la democracia. Los ciudadanos armados de Ghent fueron aplastados por la caballería francesa; y la monarquía sola recogió el fruto del cambio que se estaba produciendo en la ubicación de las clases, y agitó las mentes de los hombres.

Mirando hacia atrás, al período de 1.000 años que llamamos Edad Media, para tener una estimación del trabajo que habían realizado, si bien no hacia la perfección en sus instituciones, por lo menos hacia la obtención del conocimiento de la verdad política, esto es lo que encontramos: el gobierno representativo, desconocido para los antiguos, era casi universal. Los métodos de elección eran crudos; pero el principio de que ningún impuesto es legal a no ser que sea aplicado por la clase que lo paga; esto es, que los impuestos eran inseparables de la representatividad, era reconocido no como privilegio de ciertos países, sino como un derecho de todos. Felipe de Commines dijo que ningún príncipe de la tierra puede imponer un centavo de impuesto sin el consenso del pueblo. La esclavitud estaba extinguida en casi todos lados, y el poder absoluto era considerado como más intolerable y criminal que la esclavitud. El derecho a la insurreción no estaba solamente admitido sino también definido como una obligación santificada por la religión. Incluso ya se conocían el principio de habeas corpus y el del impuesto a las ganancias. El asunto de la política antigua era un Estado absoluto insertado en la esclavitud. El producto político de la Edad Media fue un sistema de Estados en los que la autoridad estaba restringida por la representación de clases poderosas, por asociaciones privilegiadas, y por el reconocimiento de obligaciones superiores a aquellas impuestas por el hombre.

Con respecto a la realización en la práctica de lo que se veía como bueno, estaba casi todo por hacer. Pero el problema prioritario de los principios había sido resuelto. Y llegamos a la pregunta: ¿Cómo utilizó prudentemente el siglo XVI el tesoro que había sido acumulado por la Edad Media? El signo más visible en esta época fue la disminución de la influencia religiosa que había reinado durante tanto tiempo. Habían pasado sesenta años desde la invención de la imprenta, y 30.000 libros habían salido de las imprentas europeas, antes de que alguien se tomara la tarea de imprimir el Evangelio Griego. En los días en que todos los Estados tenían como primera preocupación la unidad de la fe, se pensó que los derechos de los hombres y las obligaciones de los vecinos, y las obligaciones de los gobernantes para con ellos variaba de acuerdo a su religión. Y la sociedad no reconocía las mismas obligaciones a un turco o un judío, un pagano o un hereje, o un adorador del diablo, que a un cristiano ortodoxo. A medida que disminuyó la ascendencia de la religión, este privilegio de tratar a los enemigos de acuerdo a principios excepcionales fue reclamado por el Estado para su propio beneficio. Y la idea de que los fines del gobierno justifican los medios empleados, fue sistematizado por Maquiavelo. Él era un político agudo, sinceramente ansioso de que se eliminaran los obstáculos para permitir un gobierno inteligente de Italia. Consideraba que el obstáculo más irritante para el intelecto era la conciencia, y que nunca se usarían vigorosamente las herramientas del estado necesarias para el éxito de planes de difícil concreción, si los gobiernos permitían ser interferidos por preceptos de conciencia.

Su audaz doctrina fue confesada en la época siguiente, por hombres, cuyo carácter personal se mantenía elevado en otras circunstancias. Ellos vieron que en momentos críticos los hombres buenos no tienen fuerza para su bondad y que dejan paso a aquellos que han adherido firmemente al principio de que no se puede hacer un omelette si se tiene miedo de romper los huevos. Ellos veían que la moralidad pública difería de la privada, porque ningún gobernante puede presentar la otra mejilla o puede admitir que la misericordia es mejor que la justicia. Y no pudieron definir la diferencia, o marcar los límites para las excepciones; o qué otro parámetro existe en este mundo para el éxito de los actos de una nación que el juicio del cielo.

Las enseñanzas de Maquiavelo difícilmente podrían haber pasado la prueba del gobierno parlamentario, ya que la discusión pública necesita, por lo menos, la buena fe. Pero dio un gran impulso al absolutismo al silenciar las conciencias de reyes muy religiosos, e hizo muy parecidos a los buenos y a los malos. Carlos V ofreció 5.000 coronas por el asesinato de un enemigo. Fernando I y Fernando II, Enrique III y Luis XIII, cada uno se deshizo de su súbdito más poderoso a través de muerte por traición. Isabel y María Estuardo intentaron hacerse lo mismo mutuamente. El camino de los monarcas absolutos hacia triunfo sobre el espíritu y las instituciones de una época mejor no estaba pavimentado de actos de perversidad aislados, sino por una estudiada filosofía del crimen, y el sentimiento moral estaba tan pervertido que no se había visto nada así desde que los estoicos reformaron la moralidad del paganismo.

El clero que había servido de tantas maneras a la causa de la libertad durante el prolongado conflicto contra el feudalismo y la esclavitud, estaba ahora asociado con los intereses de la realeza. Se habían hecho intentos de reformar a la Iglesia con el modelo constitucional y habían fallado, pero había unido a la jerarquía y la corona contra el sistema de poderes divididos, como contra un enemigo común. En Francia, España, Sicilia e Inglaterra, reyes poderosos habían sometido a la espiritualidad. La monarquía absoluta francesa en los dos siglos siguientes estuvo construída sobre doce cardenales políticos. Los reyes de España obtuvieron el mismo efecto con el resurgimiento y la apropiación del tribunal de la Inquisición para uso personal. Éste se estaba conviertiendo en obsoleto pero ahora, utilizándolo como arma de terror, tenía el efecto de convertir a los reyes en despóticos. Una generación contempló el cambio en toda Europa, desde los días anárquicos de la Guerra de las Rosas hasta la sumisión apasionada, el consentimiento satisfecho en tiranía que marca el reinado de Enrique VIII y los reyes de su época.

La marea ya estaba subiendo rápidamente cuando comenzó la Reforma en Wittenberg y se esperaría que la influencia de Lutero pudiera poner freno a la avalancha del absolutismo. Ya que en todas partes era enfrentado por la alianza compacta entre el Estado y la Iglesia; y gran parte de su país estaba gobernado por potentados hostiles que eran prelados de la corte de Roma. Por supuesto tenía más que temer de los enemigos temporales que de los espirituales. Los principales obispos alemanes deseaban que se concedieran las demandas protestantes; y el mismo Papa urgió en vano al emperador una política conciliatoria. Pero Carlos V había declarado a Lutero fuera de la ley e intentó detenerlo, los duques de Bavaria estaba muy ocupados decapitando y quemando a sus discípulos, mientras que la democracia de los pueblos generalmente se puso de su lado. Pero el terror de la revolución era el más profundo de sus sentimientos políticos; y el brillo con el que los clérigos Güelfos se habían sobrepuesto a la obediencia pasiva de los tiempos apostólicos, era característico de aquelos métodos de interpretación medievales que él rechazaba. Lutero experimentó un cambio radical en sus últimos años, pero la sustancia de sus enseñanzas políticas eran eminentemente conservadoras; los Estados luteranos se convirtieron en bastión de la inmovilidad rígida; y los escritores luteranos constantemente condenaron la literatura democrática que surgió en la segunda etapa de la Reforma. Porque los reformistas suizos eran más atrevidos que los alemanes al momento de mezclar su causa con la política. Zurich y Ginebra eran repúblicas, y el espíritu de sus gobernantes estaba influído tanto por Zwinglio como por Calvino.

Por supuesto Zwinglio no se acobardó por la doctrina medieval que dice que los malos magistrados deben ser destituídos, pero fue asesinado muy pronto como para actuar tanto profunda como permanentemente en la característica política del protestantismo. Calvino, a pesar de que era republicano, juzgó que el pueblo no estaba preparado para gobernarse a sí mismo, y proclamó que la asamblea popular era un abuso de debía ser abolido. Él deseaba una aristocracia de los elegidos, armados con los medios para castigar no sólo el crimen, sino también el vicio y el error. Porque pensó que la severidad de las leyes medievales era insuficiente para las necesidades de la época; y favoreció el uso del arma más irresistible que el proceso de la inquisición había puesto en mano de los gobernantes: el derecho de someter a los prisioneros a torturas intolerables, no porque fueran culpables, sino porque su culpa no podía ser probada. Sus enseñanzas, aunque no estaban calculadas para promover instituciones populares, fueron tan adversas a la autoridad de los monarcas vecinos, que atemperó las expresiones de sus ideas políticas en la edición francesa de sus Institutos.

Las influencias políticas directas de la reforma tuvieron menos influencia de lo que se ha supuesto. La mayoría de los Estados eran suficientemente fuertes como para controlarlas. Algunos, por medio un intenso esfuerzo, pudieron detener la avalancha. Otros, con una habilidad consumada, la desviaron para su propios propósitos. El gobierno polaco, solo en aquel momento, la dejó seguir su curso. Escocia fue el único reino en el que la Reforma triunfó sobre la resistencia del Estado; e Irlanda fue la única instancia en la que fracasó a pesar del apoyo del gobierno. Pero en casi todos los otros casos, tanto los príncipes que desplegaron sus velas a la tormenta como aquellos que se le opusieron, emplearon el celo, la alarma y las pasiones que desató, como instrumentos para aumentar su poder. Las naciones estaban impacientes por revestir a sus gobernantes con todas las prerrogativas que necesitaban para preservar la fe, y se renunció a todo cuidado por mantener a la Iglesia y el Estado divididos, por prevenir la confusión de sus poderes -lo que había sido un trabajo de muchos siglos- debido a la intensidad de la crisis. Se produjeron hechos atroces, en los que la pasión religiosa a menudo fue el instrumento, pero la política fue el motivo.

El fanatismo se despliega en las masas, pero las masas fueron raramente fanatizadas, y los crímenes que se les endilgaron comúnmente se debieron a cálculos de políticos desapasionados. Cuando el rey de Francia se comprometió a matar a todos los protestantes, fue obligado a hacerlo por sus propios agentes. En ningún lugar éste fue el accionar espontáneo de la población; y en muchos pueblos y en provincias enteras los magistrados se negaron a obedecer. El motivo de la corte estaba tan lejos del mero fanatismo que la reina desafió inmediatamente a Isabel a hacer lo mismo con los católicos ingleses. Francisco I y Enrique II enviaron cerca de cien hugonotes a la muerte, pero fueron cordiales con los protestantes y promovieron la religión protestante en Alemania. Sir Nicholas Bacon fue uno de los ministros que suprimió la Misa en Inglaterra; pero cuando los hugonotes refugiados llegaron de Francia, le gustaron tan poco, que le recordó al Parlamento el modo sumario con el que Enrique V, en Agincourt, trató a los franceses que caían en sus manos. John Knox pensó que se debía matar a todos los católico en Escocia, y nunca nadie tuvo discípulos de un temperamento más severo y despiadado que los que tuvo Knox. Pero no se siguió su consejo.

La política tuvo el mando a través del conflicto religioso. Cuando el último de los reformadores había muerto, la religión , en lugar de emancipar a las naciones, se había convertido en una excusa para las artes criminales de los déspotas. Calvino predicaba, Belarmino daba clases, pero Maquiavelo reinaba. Antes del final del siglo ocurrieron tres eventos que marcaron el inicio de un cambio de vital importancia. La masacre de San Bartolomé convenció a la mayoría de los calvinistas de la legalidad de la rebelión contra los tiranos, y se conviertieron en defensores de aquella doctrina en la que el obispo de Winchester había guiado el camino, y la que Knox y Buchanan habían recibido a través de sus maestros en París, directamente de las escuelas medievales. Adoptada de la aversión al rey de Francia, pronto fue puesta en práctica contra el rey de España. Los Países Bajos revolucionados, mediante un acto solemne, depusieron a Felipe II, y se convirtieron en independientes bajo el príncipe de Orange, quien había sido, y seguía siendo en estilo, su lugarteniente. Su ejemplo fue importante no sólo porque súbditos de una religión depusieron a un monarca de otra religión, cosa que ya se había visto en Escocia, sino porque, sobre todo, se había colocado una república en lugar de una monarquía, y forzó a la ley pública europea a reconocer la revolución victoriosa. Al mismo tiempo, los católicos franceses, levantándose contra Enrique III, que fue el tirano más despreciable, y contra su heredero, Enrique de Navarra, quien, siendo protestante, rechazó la mayoría de la nación, luchó por los mismos principios con la espada y la pluma.

Se podrían llenar muchos estantes con los libros que salieron en su defensa durante medio siglo; e incluyen los tratados más completos sobre leyes que se hayan escrito. Casi todos están viciados por el defecto que desfiguró la literatura política de la Edad Media. Esa literatura, como he tratado de demostrar, es extremadamente notable, y sus servicios en ayuda del progreso humano son muy grandes. Pero desde la muerte de san Bernado hasta la aparición de "Utopía" de Sir Tomás Moro no hubo casi ningún escritor que no convirtiera su política en adalid del Papa o del Rey. Y los que surgieron después de la Reforma siempre pensaban las leyes como si afectaran a católicos o protestantes. Knox tronó contra lo que él llamó el "Monstruoso regimiento de mujeres" porque la reina iba a Misa; y Mariana elogió al asesino de Enrique III porque el rey estaba aliado con los hugonotes. Porque la creencia de que está bien asesinar a los tiranos, enseñanda primero entre los cristianos, por Juan de Salisbury según creo, el escritor inglés más distinguido del siglo XII, y confirmado por Roger Bacon, el más inglés más alabado del siglo XIII, había adquirido en esta época un significado fatal. Sinceramente nadie consideraba a la política como la ley para el justo y el injusto, ni tampoco nadie intentó buscar un conjunto de principios que funcionara bien ante los cambios de religión. La "Política eclesiástica" de Hooker está sola entre los trabajos a los que me refiero, y sigue siendo leída con admiración por cualquier hombre inteligente, como la más temprana y una de las más delicadas prosas clásicas en nuestra lengua. Pero a pesar de que pocas de las otras ha sobrevivido, contribuyeron a transmitir nociones varoniles de autoridad limitada y obediencia condicional desde la época de la teoría a generaciones de hombres libres. Incluso la burda violencia de Buchanan y Boucher fue un eslabón en la cadena de tradición que conecta la controversia de Hildebrand con el Parlamento Largo, y santo Tomás con Edmund Burke.

Que los hombres deben entender que los gobiernos existen por derecho divino, y que el gobierno arbitrario es la violación del derecho divino, fue sin dudas la medicina apropiada para remediar el mal bajo el que Europa languidecía. Pero a pesar de que el conocimiento de esta verdad puede convertirse en un elemento de destrucción saludable, podía darle poca ayuda al progreso y a la reforma. La resistencia a la tiranía no implicaba ninguna facultad de construir un movimiento legal en su lugar. El árbol de Tyburn puede ser algo útil, pero es aún mejor que el delincuente viva para que se arrepienta y se reforme. Los principios que en política discriminaban lo bueno de lo malo, y que hacían del estado algo que mereciera durar, aun no habían sido encontrados.

Charron, el filósofo francés, fue uno de los hombres menos desmoralizados por el espíritu de partido, y menos cegado por el celo de una causa. En un pasaje, tomado casi literalmente de santo Tomás, él describe nuestra subordinación a la ley natural, a la que toda legislación debe ajustarse; y determina ésto no por la luz de la religión revelada, sino por la voz de la razón universal, a través de la cual Dios ilumina las conciencias de los hombres. Grocio delineó la verdadera ciencia política sobre estos fundamentos. Al recoger el material para la ley internacional tuvo que ir más allá de los tratados nacionales e intereses confesionales para encontrar un principio que abrazara toda la humanidad. Él dijo que los principios de las leyes deben permanecer incluso si supusiéramos que Dios no existe. Con estos términos inadecuados quiso decir que deben estar fundados independientes de la Revelación. Desde esa época fue posible hacer de la política un asunto de principios y de conciencia, de modo que los hombres y las naciones que diferían en todo lo demás pudieran vivir juntas en paz y bajo los dictados de una ley común. El mismo Grocio no dió mucha utilidad a su descubrimiento al despojarlo de un efecto inmediato ya que admitió que el derecho de reinar debe ser disfrutado como un derecho de plena propiedad, sin estar sujeto a ningún condicionamiento.

Cuando Cumberland y Pufendorf desplegaron el verdadero significado de la doctrina de Grocio, cada autoridad establecida, cada interés triunfante, retrocedió aterrado. Ninguno estaba dispuesto a renunciar a las ventajas ganadas por la fuerza o la habilidad, porque podían estar en contradicción, no con los Diez Mandamientos, sino con un código desconocido, que ni el mismo Grocio había intentado delinear, y con el que no coincidían ninguno de los dos filósofos. Era evidente que cualquier persona que hubiera aprendido que la ciencia política es un asunto de conciencia, más que de poder o de conveniencia, debía considerar a sus adversarios como hombres sin principios, que la controversia entre ellos siempre involucraría la moral, y no podía ser gobernada por el pedido de buenas intenciones que lima las asperezas de los conflictos religiosos. Casi todos los grandes hombres del siglo XVII repudiaron la innovación. En el XVIII las dos ideas de Grocio, de que existen ciertas verdades políticas por las que cada estado y cada interés debe mantenerse o caer, y que la sociedad está tejida por una serie de contratos hipotéticos y reales, se convirtieron, en otras manos, en la palanca que desplazó al mundo. Cuando la realeza había prevalecido sobre todos los enemigos y competidores, por lo que parecía ser la operación de una ley irresistible y constante, se convirtió en una religión. Sus antiguos rivales, los barones y prelados, figuraba a su lado apoyándola. Año tras año, las asambleas que representaban el autogobierno de provincias y de clases privilegiadas -a lo largo del continente- se reunían por última vez y morían para satisfacción del pueblo, que había aprendido a venerar al trono como constructor de su unidad, promotor de la prosperidad y el poder, defensor de la ortodoxia y empleador de talento.

Los Borbones, que habían arrebatado la corona a una democracia rebelde, los Estuardo, que habían asumido como usurpadores, sentaron la doctrina de que los estados están formados por el valor económico, la política y los casamientos apropiados de la familia real; que, en consecuencia, el rey es anterior al pueblo, que él es el autor, más que el resultado, y reina independientemente del consenso. La teología siguió al derecho divino con obediencia pasiva. En la época de oro de la ciencia religiosa, el arzobispo Ussher, el más sabio de los prelados anglicanos, y Bossuet, el más hábil de los franceses, declararon que la resistencia a los reyes es un crimen, y que podían legalmente emplear la compulsión contra la fe de los súbditos. Los filósofos apoyaron a los prelados con gran entusiasmo. Bacon basó toda sus esperanzas de progreso humano en las poderosas manos de los reyes. Descartes les sugirió destruir a todos aquellos que fueran capaces de resistir su poder. Hobbes enseñó que la autoridad siempre tiene razón. Pascal consideró que era absurdo reformar leyes, o levantar una justicia ideal contra las fuerzas actuales. Incluso Spinoza, que era republicano y judío, asignó al estado el control absoluto de la religión.

La monarquía ejerció tal hechizo sobre la imaginación, tan distinto del espíritu para nada ceremonioso de la Edad Media, que los hombres morían de impresión cuando se enteraban de la ejecución de Carlos I, y lo mismo ocurrió a la muerte de Luis XVI y del Duque de Enghien. La tierra clásica de la monarquía absoluta fue Francia. Richelieu sostenía que sería imposible tener al pueblo dominado si se le permitía acceder a la riqueza. El Canciller afirmó que Francia no podía ser gobernada sin el derecho al arresto y al exilio arbitrarios; que en caso de peligro para el Estado, estaría bien que murieran 100 hombres inocentes. El Ministro de Finanzas dijo que era sedición demandar que la corona mantuviera la fe. Uno que vivió en intimidad con Luis XIV dice que incluso la mínima desobediencia a la voluntad real es un crimen que debe ser castigado con la muerte. Luis utilizó estos preceptos en todo su alcance. Él confiesa inocentemente que los reyes no están tan atados a los límites de un tratado como a los cumplidos; y que no hay nada que posean los súbditos que no pueda ser reclamado con derecho por el rey. En obediencia a este principio, cuando Vauban, consternado por la miseria del pueblo, propuso que todos los impuestos existentes fueran revocados y reemplazados por un único impuesto que sería menos oneroso para la gente, el Rey siguió su consejo, pero retuvo los viejos impuestos mientras imponía el nuevo. Con la mitad de la población actual, el rey mantenía un ejército de 450.000 hombres, casi el doble del ejército que reunió el último Emperador Napoleón para atacar Alemania. Mientras tanto el pueblo moría de hambre. Fénelon dijo que Francia era un enorme hospital. Los historiadores franceses creen que en una sola generación seis millones de personas murieron de necesidad. Sería fácil encontrar tiranos más violentos, más malignos, más odiosos que Luis XIV; pero ninguno usó su poder para infligir un sufrimiento o un mal mayor; y la admiración que despertó en los hombres más ilustres de esta época da muestras claras del nivel más bajo al que la vileza del absolutismo degradó la conciencia de Europa.

Las Repúblicas de esa época fueron, en su mayoría, gobernadas de tal modo que reconcliaban a los hombres con los vicios menos vergonzosos de la monarquía. Polonia era un Estado hecho de fuerzas centrífugas. Lo que los nobles llamaban libertad era el derecho de cada uno de ellos de vetar los actos de la Dieta, y perseguir a los campesinos en sus derechos de propiedad, lo que se negaron a entregar hasta la época de la división, y así daban credibilidad a la antigua advertencia de un predicador "Ustedes perecerán, no por la invasión o la guerra, sino por sus libertades infernales." Venecia sufría por el mal opuesto, el de la concentración excesiva. Fue el gobierno más sagaz, y casi no hubiera cometido errores si no hubiera imputado a otros motivos tan sabios como los propios, y no hubiera dado importancia a las pasiones y caprichos de los que tuvo poca conciencia. Pero el poder supremo de la nobleza había pasado a un comité, del comité a un Consejo de Diez, de los Diez a tres Inquisidores de Estado; y en esta forma intensamente centralizada se convirtió, cerca del año 1.600, en un despotismo aterrador. Les he mostrado cómo Maquiavelo proveyó la teoría inmoral necesaria para la consumación del absolutismo real; la oligarquía absoluta de Venecia necesitaba de un reaseguro similar contra la revuelta de conciencia. Ésta fue provista por un escritor tan hábil como Maquiavelo, quien analizó las pretenciones y recursos de la aristocracia, e hizo saber que el mejor seguro es el veneno. Hace escasamente un siglo, senadores venecianos de vida honorable e incluso religiosa, emplearon el asesinato para el bien público con tanta compunción como Felipe II o Carlos IX.

Los Cantones Suizos, especialmente Ginebra, influyeron profundamente en la opinión en los días previos a la Revolución Francesa, pero no habían tenido parte en el movimiento anterior para inaugurar el reinado de la ley. Ese honor le pertenece a Holanda de entre todas las naciones. Lo merecieron, no por su forma de gobierno, que era defectuosa y precaria, ya que el partido de Orange conspiró continuamente contra él, asesinó a los dos estatistas republicanos más eminentes, y el mismo Guillermo III ayudó a coronarse a sí mismo, sino por la libertad de prensa, que hizo de Holanda el terreno ventajoso desde donde, en las horas más oscuras de la opresión, las víctimas de los opresores llegaban a los oídos de toda Europa.

La ordenanza de Luis XIV de que todos los protestantes franceses debían renunciar a su religión inmediatamente se dictó en el mismo año que Jaime II se convirtió en rey. Los refugiados protestantes hicieron lo mismo que sus antepasados habían hecho un siglo antes. Hicieron valer el poder de deponer que tienen los súbditos sobre los gobernantes que han roto el contrato original entre ellos; y todos los poderes, excepto Francia, aceptaron su argumento, y enviaron a Guillermo de Orange en esa expedición que fue el falso amanecer de un día más luminoso.

Es a esta combinación de cosas, sin precedente en el continente a quien Inglaterra debe su liberación, más que a su propia energía. Los esfuerzos hechos por los escoceses, por los irlandeses, y finalmente por el Parlamento Largo de deshacerse del desgobierno de los Estuardo, se habían frustrado, no por la resistencia de la monarquía, sino por la inoperancia de la república. El Estado y la Iglesia fueron barridos; surgieron nuevas instituciones bajo el gobierno del más hábil gobernante que haya producido una revolución; e Inglaterra, bullendo con la dura tarea del pensamiento político, había producido por lo menos dos escritores que veían, en varias direcciones, tan lejos y claro como vemos nosotros ahora. Pero la constitución de Cromwell fue enrollada como un pergamino, se rieron de Harrington y de Lilburne por un tiempo y luego se olvidaron de ellos, el país confesó el fracaso de su lucha, renegó de sus fines, y se lanzó con entusiasmo y sin ninguna condición efectiva, a los pies de un rey despreciable.

En aquella época había un dejo de verdad en la vieja broma que describe la falta de gusto de los ingleses por la especulación al decir que toda nuestra filosofía consiste de un pequeño catecismo de dos preguntas: " ¿ Qué es la mente?, no importa. ¿ Qué es la materia?, olvídate." (" What is mind? No matter.- What is matter? Never mind."). Lo único que se aceptaba era la tradición. Los patriotas tenían el hábito de decir que habían optado por las tradiciones antiguas, y que no cambiarían las leyes de Inglaterra. Para reforzar su argumento inventaron una historia que decía que la constitución había llegado de Troya, y que los romanos habían permitido que subsistiera sin modificarla. Esas fábulas no sirvieron de nada contra Strafford; y el oráculo de lo precedente a veces daba una respuesta adversa a la causa popular. En el gran problema de la religión ésto fue decisivo, ya que la práctica en el siglo XVI igual que en el siglo XV testificaba en favor de la intolerancia. La Nación había pasado, por mandato real, cuatro veces en una generación de una fe a otra, con una facilidad que dio una impresión fatal en Laud. En un país que había proscripto cada religión en su momento, y se había sometido a tal variedad de medidas penales contra Lollard y Arian, contra Augsburg y Roma, parecía que no habría ningún problema en cortarle las orejas a un puritano.

Pero había llegado una época de convicciones más fuertes, y los hombres resolvieron abandonar las tradiciones antiguas que llevaban al cadalso y al potro de tormentos, y hacer que la sabiduría de sus ancestros y los estatutos de la tierra se inclinaran ante una ley no escrita. La libertad religiosa había sido el sueño de grandes escritores cristianos de la época de Constantino y Valentino, un sueño nunca completamente realizado en el Imperio, y hecho desaparecer con rudeza cuando los bárbaros descubrieron que excedía los recursos de su arte de gobernar a pueblos civilizados de otra religión, y la unidad de culto fue impuesta por las leyes de la sangre y por teorías más crueles que las leyes. Pero desde san Atanasio y san Ambrosio hasta Erasmo y Moro, cada época oyó la protesta de hombres serios en favor de la libertad de conciencia, y los días pacíficos antes de la Reforma estaban llenos de promesas de que esta libertad prevalecería.

En la conmoción que siguió, los hombres eran afortunados de ser tolerados por vías de privilegio y compromisos, y de buen grado renunciaban a una aplicación más amplia este principio. Pero Socinus desarmó su propia teoría, ya que era un estricto defensor de la obediencia pasiva.

La idea de que la libertad religiosa es el principio generador de la libertad civil, y que ésta es la condición necesaria para la religiosa, fue un descubrimiento reservado para el siglo XVII. Muchos años antes de que los nombres de Milton y Taylor, de Baxter y Locke se hicieran ilustres por su condena parcial a la intolerancia, hubo hombres entre las congregaciones Independientes que asumieron con vigor y sinceridad el principio de que la única manera de asegurar la libertad de las iglesias es achicando la autoridad del Estado. Esa gran idea política, santificando la libertad y consagrándola a Dios, enseñando a los hombres a atesorar la libertad de otros como a la propia, y a defenderlos por amor a la justicia y a la caridad, más que un reclamo de derechos ha sido el alma de lo que es grande y bueno en el progreso de los últimos doscientos años. La causa de la religión, incluso bajo la influencia impenitente de las pasiones mundanas, tiene tanto que ver como cualquiera de las claras nociones políticas, en hacer de este país el más avanzado de las naciones libres. Había sido la corriente más profunda en el movimiento de 1641, y siguió siendo el más fuerte motivo que sobrevivió a la reacción de 1660.

Los más grandes escritores del partido de los Whig, Burke y Macaulay, constantemente representaron la declaración de la Revolución como el antecesor legítimo de la libertad moderna. Es humillante buscar una conección política con Algernon Sidney, quien era un agente pagado por el rey francés; con Lord Russell, quien se opuso a la tolerancia religiosa tanto como la monarquía absoluta; con Shaftesbury, quien sumergió sus manos en la sangre inocente derramada por el perjurio de Titus Oates; con Halifax, quien insistió que se debía apoyar a las conspiraciones aunque fueran falsas; con Marlborough, quien envió a sus camaradas a morir en una expedición que él había tradicionado en favor de los franceses; con Locke, cuya noción de libertad involucra nada más espiritual que la seguridad de la propiedad, y consiente la esclavitud y la persecución; o incluso con Addison, quien concebía como exclusivo de su país el derecho de votar impuestos. Deffoe afirma que desde la época de Carlos II a la de Jorge I no conoció a ningún político que realmente fuera fiel a la fe de alguna de las partes; y que la perversidad de los hombres de estado que guiaron el asalto contra los últimos Estuardos atrasó en un siglo la causa del progreso.

Cuando se sospechó del sentido del tratado secreto, por el que Luis XIV prometió apoyar con un ejército a Carlos II para la destrucción del parlamento, si Carlos derrocaba a la Iglesia Anglicana, se consideró necesario hacer concesiones a la alarma popular. Se propuso que cuando Jaime asumiera el trono, gran parte de las prerrogativas e influencias reales se transferirían al parlamento. Y al mismo tiempo se quitarían los impedimentos legales para que los católicos y los protestantes no anglicanos pudieran asumir funciones públicas. Si se hubiera aprobado el Proyecto de Limitación, que fue tan hábilmente apoyado por Halifax, la Constitución Monárquica hubiera progresado más, en el siglo XVII, que lo que estaba destinada a progresar recién en el segundo cuarto del XIX. Pero los enemigos de Jaime, liderados por el Príncipe de Orange, prefirieron un rey protestante, que sería casi absolutista, a un rey constitucional católico. El plan falló. Jaime accedió a un poder que, en manos más cautas, hubiera sido prácticamente incontrolado; y la tormenta que lo destronó se formó más allá del mar.

Al detener la preponderancia de Francia, la Revolución de 1688 dio el primer golpe verdadero al despotismo continental. En Inglaterra alivió el disenso, purificó la justicia, desarrolló las energías y los recursos nacionales, y en última instancia, por la Ley de Convenio (Act of Settlement), colocó la corona en las manos del pueblo. Pero no introdujo ni determinó ningún principio importante y, dejó intacta la cuestión fundamental entre los Whig y los Tory -que los dos partidos podrían trabajar juntos. Estableció para el derecho divino de los reyes lo que Defoe definió como el derecho divino de los propietarios; y su dominación se extendió durante setenta años, bajo la autoridad de John Locke, el filósofo del gobierno de la alta burguesía. Ni siquiera Hume extendió los límites de sus ideas; y su estrecha creencia materialista en la conección entre libertad y propiedad cautivó la mente aún más audaz de Fox.

Debido a su idea de que los poderes del gobierno deben dividirse de acuerdo con su naturaleza, y no de acuerdo a la división de clases -que Montesquieu tomó y desarrolló con consumado talento- Locke es quien dio origen al extenso reinado de las instituciones inglesas en tierras extranjeras. Y su doctrina de la resistencia o, como finalmente la llamó, la apelación al cielo, rigió el juicio de Chatham al momento de la transición solemne en la historia del mundo. Nuestro sistema parlamentario, manejado por la gran familia de revoluciones, fue un artilugio por el que los electores eran obligados, y los legisladores inducidos, a votar contra las propias convicciones; y la intimidación de los distritos electorales fue premiada con la corrupción de sus representantes. Hacia el año 1770 las cosas se habían retrotraído , por vías indirectas, casi a las mismas condiciones que la Revolución había estado destinada a remediar para siempre. Parecía que Europa era incapaz de ser el hogar para estados libres. Fue de América desde donde se inflamaron como un incendio que estaba destinado a transformar al mundo las ideas claras -bajo el nombre los Derechos del Hombre- de que los hombres deben preocuparse de sus cosas, y que la nación es responsable ante el cielo por los actos del Estado, ideas que habían estado encerradas por mucho tiempo en los pechos de pensadores solitarios, y escondidas en escritos latinos. Era difícil saber, desde la letra de la ley, si la legislatura británica tenía derecho a gravar con impuestos a una colonia súbdita. La presunción general estaba ampliamente de parte de la autoridad; y el mundo creía que la voluntad de la autoridad constituída debía ser suprema, y no la voluntad de los súbditos. Muy pocos escritores audaces llegaron a decir que se puede resistir un poder legal en caso de extrema necesidad. Pero los colonizadores de América -que habían abandonado Inglaterra no para su propio provecho, sino para escapar de leyes bajo las cuales otros ingleses se sentían cómodos- eran tan sensibles, incluso a las apariencias, que las Blue Laws de Connecticut prohibían a los hombres caminar hacia la iglesia a menos de tres metros de sus esposas. Y el impuesto que se proponía, de sólo £12.000 al año, podría haber prosperado fácilmente. Pero las razones por las cuales no se permitió a Eduardo I y a su Consejo aplicar impuestos a Inglaterra, eran las mismas razones por las que Jorge III y su Parlamento no debían aplicar impuestos a las colonias americanas. Esta disputa involucraba un principio, concretamente, el derecho de controlar al gobierno. Además, involucraba la decisión a la que había llegado el parlamente mediante una elección desdeñosa, de que no tenía un derecho justo sobre la nación que no estaba representada; y esto invitó al pueblo de Inglaterra a recuperar su poder. Nuestros mejores hombres de estado vieron que, sin importar cuál fuera la ley, los derechos de la nación estaban en juego. Chatham, por medio de discursos que se recuerdan mejor que cualquiera dado en el Parlamento, exhortó a los americanos a ser firmes. Lord Camden, el antiguo Canciller, dijo: "Los impuestos y la representación están inseparablemente unidos. Dios los ha unido. Ningún Parlamento británico puede separarlos."

Burke construyó la filosofía política más noble del mundo sobre los elementos de aquella crisis. Él dijo: "No conozco el método de levantar cargos contra todo un pueblo. -Los derechos naturales de la humanidad son algo sagrado, y si se prueba que cualquier medida pública los afecta maliciosamente, la objeción a esa medida debe ser fatal, incluso si no se le puede oponer por vías legales. -Sólo puede mandar una razón soberana, superior a cualquier forma de legislación y administración." De este modo, sólo hace cien años, se pudo quebrar al fin la reticencia oportuna, el titubeo político de los hombres de estado europeos; y fue ganando terreno el principio que dice que ninguna nación jamás debe dejar su destino en manos de un gobierno que no pueda controlar. Los americanos colocaron este principio en la base de su nuevo gobierno. Hicieron aún más, al hacer que todas las autoridades civiles estuvieran sujetas a la voluntad popular, rodearon a la voluntad popular de restricciones que la legislación británica no podría tolerar.

Durante la revolución en Francia el ejemplo de Inglaterra, que se había mantenido en alto durante tanto tiempo, no pudo competir, ni por un momento, contra un país cuyas instituciones estaban tan sabiamente enmarcadas para protejer la libertad, incluso contra los peligros de la democracia. Cuando Luis Felipe se convirtió en rey le aseguró al viejo republicano Lafayette, que lo que había visto en los Estados Unidos lo había convencido de que ningún gobierno podía ser tan bueno como la república. Hubo un tiempo en la presidencia de Monroe, cerca de 55 años atrás, al que los hombres siguen refiriéndose como la era de los buenos sentimientos, cuando la mayoría de las incongruencias que se habían heredado de los Estuardos habían sido reformadas, y aún permanecían inactivos los motivos de las divisiones posteriores. Las causa de los antiguos problemas del mundo eran casi desconocidas: ignorancia popular, pobreza, la notoria diferencia entre ricos y pobres, conflictos religiosos, deuda pública, ejércitos preparados para luchar y la guerra. Ninguna otra época o país habían resuelto tan satisfactoriamente los problemas que presenta el desarrollo de sociedades libres, y el tiempo no traería un progreso posterior.

He llegado al final de mi tiempo, y apenas si he alcanzado el principio de mi tarea. En las épocas de las que he hablado, la historia de la libertad era la historia de algo que no existía. Pero desde la Declaración de la Independencia, o para hablar con más justicia, desde que los españoles, privados de su rey, construyeron para sí un nuevo gobierno, las únicas formas conocidas de libertad, las repúbicas y las monarquías constitucionales, se han forjado un camino en el mundo. Hubiese sido interesante rastrear la reacción de América sobre la monarquía que hizo posible su independencia; ver cómo el surgimiento imprevisto de la economía política sugirió la aplicación de los métodos de la ciencia al arte de gobernar; cómo Luis XVI, después de haber confesado que el despotismo era inútil, incluso para hacer felices a los hombres compulsivamente, hizo un llamamiento a la nación para que hiciera lo que estaba más allá de sus habilidades, y entonces entregó su cetro a la clase media, y los hombres inteligentes de Francia, estremeciéndose por la horrible recolección de sus propias experiencias, lucharon para dejar afuera el pasado, ya que podrían liberar a sus hijos del príncipe de este mundo, y rescatar a los vivos de las garras de los muertos; hasta que la mejor oportunidad que alguna vez se ha dado al mundo fue desaprovechada, porque la pasión por la igualdad hizo vana la esperanza de la libertad.

Y debería haber deseado mostrarles que el mismo rechazo deliberado del código moral que suavizó el camino de la monarquía absoluta y de la oligarquía, señaló el advenimiento del reclamo democrático al poder ilimitado, -que uno de sus líderes confesó el designio de corromper el sentido moral de los hombres, para destruir la influencia de la religión, y un famoso apóstol del progresismo y la tolerancia deseó que el último rey fuera estrangulado con las entrañas del último sacerdote. Hubiese tratado de explicar las conexiones entre la doctrina de Adam Smith, que el trabajo es la base de toda riqueza, y la conclusión de que los productores de riqueza virtualmente componen la nación, por la que Sieye socabó las bases de la Francia histórica; y mostrarles que la definición de Russeau del compacto social como una asociación voluntaria de socios igualitarios condujo a Marat, por etapas cortas e inevitables, a declarar que las clases más pobres estaban absueltas, por las leyes de la autoconservación, de las condiciones de un contrato que los premiaba con miseria y muerte; que estaban en guerra con la sociedad, y tenían derecho a todo lo que pudieran conseguir por medio del exterminio de los ricos; y que su inflexible teoría de la igualdad, el principal legado de la Revolución, junto con la confesada ineficiencia de la ciencia económica para lidiar con los problemas de los pobres, revivió la idea de renovar la sociedad sobre el principio del autosacrificio, lo que había sido la aspiración generosa de los esenios y los primeros cristianos, de Padres y canonistas, y frailes, y Erasmo el más célebre precursor de la Reforma, de Sir Tomás Moro, su víctima más ilustre, y de Fenelón, el más popular de los obispos, quien durante los cuarenta años de su resurgimiento ha sido asociado con la envidia, el odio y el baño de sangre, y es ahora el enemigo más peligroso que acecha en nuestro camino.

Por último, y más que nada, habiendo dicho tanto de la falta de sabiduría de nuestros ancestros, habiendo expuesto la esterilidad de la convulsión que quemó lo que ellos adoraban, y elevó los pecados de la república al mismo nivel que los de la monarquía; habiendo mostrado que la legitimidad, que repudió la revolución, y el Imperialismo, que la coronó, no eran sino disfraces del mismo tipo de violencia y maldad. Debería haber deseado, para que mi discurso no terminara sin un sentido o una moraleja, relatarles por quién, y en relación a qué, fue reconocida la verdadera ley de la formación de los estados libres, y cómo ese descubrimiento -íntimamente relacionado con aquellos que, bajo los nombres de desarrollo, evolución y continuidad han dado un nuevo y más profundo método a otras ciencias- resolvieron el antiguo problema entre la estabilidad y el cambio, y determinaron la autoridad de la tradición en el progreso del pensamiento. Cómo esa teoría, que Sir James Mackintosh expresó diciendo que las constituciones no se fabrican, sino crecen, la teoría de que las costumbres y las cualidades nacionales de los gobernados -y no la voluntad del gobierno- son los que hacen la ley y, por lo tanto, la nación , que es la fuente de sus propias instituciones orgánicas, debería ser responsabilizada de la custodia perpetua de su integridad, y con el deber de armonizar la forma con el espíritu, fue realizado por la cooperación singular del más puro intelecto conservador con una revolución en curso -de Niebuhr con Mazzini- para dar paso a la idea de la nacionalidad, que ha gobernado los movimientos de la época actual mucho más que la idea de la libertad.

No quiero concluir sin llamar su atención sobre el hecho impresionante de que mucho de la lucha, del pensamiento, la resistencia que que ha contribuido a la liberación del hombre del poder del hombre, ha sido tarea de nuestros compatriotas, y de sus descendientes en otras tierras. Hemos tenido que competir, tanto como cualquier pueblo, contra monarcas de voluntad férrea y con recursos asegurados por sus posesiones extranjeras, contra hombres de capacidad única, contra dinastías enteras de tiranos. Y aún así, esa digna prerrogativa sobresale en nuestra historia pasada. Dentro de la generación de la Conquista, los normandos fueron forzados a reconocer, muy a regañadientes, los reclamos del pueblo inglés. Cuando la lucha entre la Iglesia y el Estado se extendió a Inglaterra, nuestros clérigos aprendieron a asociarse con la causa popular; y , con muy pocas excepciones ni el espíritu jerárquico de los religiosos extranjeros, ni la peculiar parcialidad de los monarcas franceses caracterizaron los escritos de la Escuela Francesa. La Ley Civil (Civil Law), transmitida desde el imperio degenerado para ser el pilar común del poder absoluto, fue excluída de Inglaterra. El Derecho Canónico (Canon Law) fue dominado; y este país nunca admitió la Inquisición, como tampoco admitió el uso de la tortura , que invistió de tanto terror a la realeza continental. Al final de la Edad Media escritores extranjeros reconocieron nuestra superioridad, y señalaron las causas. Después de eso, nuestra alta burguesía mantuvo el sentido del autogobierno local, como no lo poseyó ningún otro país. Las divisiones en la religión forzaron la tolerancia. La confusión del derecho consuetudinario enseñó al pueblo que su mejor garantía era la independencia e integridad de los jueces.

Todas estas explicaciones están en la superficie y son tan visibles como el océano protector; pero pueden ser los efectos sucesivos de una causa constante que se encuentra en las cualidades nativas de perseverancia, moderación, individualidad y el sentido varonil del deber, que da a la raza inglesa su supremacía en el arte severo del trabajo, que le ha permitido luchar, como ninguna otra raza ha podido, en costas inhóspitas, y que, a pesar de que ningún pueblo importante tiene menos de las ansias sanguinarias de gloria, y de que nunca se ha visto un ejército de 50.000 soldados ingleses en batalla, le hizo exclamar a Napoleón mientras se retiraba de Waterloo: "Siempre ha sido igual desde Crecy".

Por lo tanto si hay una razón para el orgullo en el pasado, la hay más para la esperanza en el futuro venidero. Nuestras ventajas aumentan mientras otras naciones temen a sus vecinos o codician sus bienes. Existen defectos y anomalías, pero no son tantas y son menos intolerables, si no menos flagrantes, que en los viejos tiempos.

Pero he fijado mis ojos en aquellos lugares iluminados por la luz del cielo, de modo de no abusar de la indulgencia con la que me han acompañado a través del lógobre y desgarrador camino por el que los hombres han transitado hacia la libertad; y porque la luz que nos ha guiado sigue insatisfecha, y las causas que nos han llevado tan lejos en el tren de las naciones libres no ha gastado su poder; porque la historia del futuro está escrita en el pasado, y lo que ha sido es lo que tenía que ser.