«Revolución cultural»: una llamada a la alegría y confianza en la Verdad

Rev. Diego Sarrió Cucarella

El bellísimo proemio de la Constitución Apostólica Veritatis gaudium, en sus primeros párrafos, nos recuerda que «el vasto y multiforme sistema de los estudios eclesiásticos» no solo está íntimamente unido a la misión evangelizadora de la Iglesia, sino que brota de su misma identidad, «consagrada totalmente a promover el crecimiento auténtico e integral de la familia humana hasta su plenitud definitiva en Dios».

El Pueblo de Dios peregrina a lo largo de los senderos de la historia en compañía solidaria con los hombres y mujeres «de todos los pueblos y de todas las culturas, para iluminar con la luz del Evangelio el camino de la humanidad hacia la nueva civilización del amor». Esta misión de la Iglesia, recibida de Jesucristo, debe ser continuamente repensada y renovada en cada época de la historia, según sus circunstancias propias, para evitar que se anquilose y pierda relevancia; para que conserve su capacidad profética y su vigor transformador, respondiendo así a los desafíos del momento presente. Por ello, el sistema de los estudios eclesiásticos debe ser sometido periódicamente a una revisión fiel y creativa dentro de la renovación general de la vida y de la misión de la Iglesia. Solo así, el Pueblo de Dios podrá continuar dando testimonio de manera creíble de la alegría que brota del encuentro con Jesús y del anuncio de su Evangelio; de la alegría de la Verdad – Veritatis gaudium –, la alegría de quien se sabe creado por amor y llamado a gozar por siempre de la plena comunión con Dios, que se ha revelado en Jesucristo como Padre rico en misericordia.

Es así que el Papa Francisco subraya la necesidad urgente de revisar y actualizar, «en fidelidad al espíritu y a las directrices del Vaticano II», la Constitución Apostólica Sapientia christiana, promulgada por el papa S. Juan Pablo II el 15 de abril de 1979. Cabe recordar que ya la Declaración conciliar Nostra aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, promulgada por el beato papa Pablo VI el 28 de octubre de 1965, comenzaba precisamente caracterizando nuestro tiempo como una época «en la que el género humano se une cada vez más estrechamente y aumentan los vínculos entre los diversos pueblos». La misma constatación de la creciente interdependencia del género humano reaparece con fuerza en el magisterio del Papa Francisco (cf. Carta Encíclica Laudato si', n. 164). No sorprende, por tanto, que la Constitución Apostólica Veritatis gaudium haga hincapié en la dimensión global y solidaria de la preparación académica que deben impartir las Universidades y Facultades eclesiásticas. Dicho de otro modo, tales centros de formación deben preparar a los alumnos, eclesiásticos o seglares, para dialogar con el mundo en toda su riqueza y diversidad, con las distintas culturas y las tradiciones religiosas que lo habitan; entrenar sus inteligencias en la búsqueda atenta de las huellas del misterio de Cristo, «que afecta a toda la historia de la humanidad, e influye constantemente en la Iglesia», como recuerda el Sumo Pontífice, citando el Decreto conciliar Optatam totius.

Haciendo suyo el magisterio de sus predecesores en la Sede Apostólica, el papa Francisco señala como un imperativo que toda la cultura humana sea henchida por el Evangelio. Dios ha puesto la semilla de la «civilización del amor» en cada pueblo y en cada cultura (cf. Benedicto XVI, Carta Encíclica Caritas in veritate, n. 33) y es misión de la Iglesia el esforzarse para que esta semilla no se seque sino que germine y dé fruto en abundancia, ofreciendo así una alternativa real a un modelo de sociedad que descarta y desecha a una gran parte de la humanidad. Es por ello que, según el papa Francisco, los programas de estudios eclesiásticos deben estar encaminados a aportar a los alumnos «una auténtica hermenéutica evangélica para comprender mejor la vida, el mundo, los hombres». Sin esta hermenéutica, sin las herramientas intelectuales para comprender y analizar el mundo a la luz del Evangelio, los cristianos no podrán ser levadura de aquella fraternidad universal «que saber mirar la grandeza del prójimo, que sabe descubrir a Dios en cada ser humano, que sabe tolerar las molestias de la convivencia aferrándose al amor de Dios, que sabe abrir el corazón al amor divino para buscar la felicidad de los demás como la busca su Padre bueno».

Con vistas a una renovación y a un relanzamiento de los estudios eclesiásticos, debe ser un criterio fundamental, por tanto, el ofrecer una formación cuyo acento principal recaiga en «descubrir la huella trinitaria en la creación». Según el papa Francisco, esta huella de la Trinidad en la creación hace que el universo en el que vivimos sea «una trama de relaciones», y que lo propio de todo ser viviente sea «tender hacia otra cosa» (cf. Carta Laudato si’, n. 240).

El segundo criterio inspirador para la renovación de los estudios eclesiásticos que propone el Papa, íntimamente conectado con el primero, lo constituye «el diálogo a todos los niveles, no como una mera actitud táctica, sino como una exigencia intrínseca para experimentar comunitariamente la alegría de la Verdad y para profundizar su significado y sus implicaciones prácticas». Es en este contexto que la Veritatis gaudium nos ofrece la referencia más explícita al diálogo interreligioso como un elemento imprescindible en el currículo de estudios eclesiásticos. Recuerda el papa Francisco que ya la Sapientia christiana,  remitiéndose a su vez a la Constitución Pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, «deseaba que se favoreciera el dialogo con los cristianos pertenecientes a otras Iglesias y comunidades eclesiales, así como con los que tienen otras convicciones religiosas o humanísticas».

Respecto a este deseo, me parece que el papa Francisco da un paso adelante al proponer, como cuarto y último criterio para la renovación de los estudios eclesiásticos – el tercer criterio es el de la inter- y trans-disciplinariedad – la necesidad urgente de «crear redes», no solo entre las distintas instituciones eclesiásticas de enseñanza superior repartidas por el mundo, sino incluso de «activar con decisión las oportunas sinergias también con las instituciones académicas de los distintos países y con las que se inspiran en las diferentes tradiciones culturales y religiosas». En otras palabras, el Papa invita a los responsables de las instituciones eclesiásticas de educación superior a establecer lazos de colaboración académica no solo con universidades e instituciones de tradición laica sino también con aquellas que se inspiran directa y explícitamente en otras tradiciones religiosas. Más concretamente, el Sumo Pontífice considera indispensable «la creación de nuevos y cualificados centros de investigación en los que estudiosos procedentes de diversas convicciones religiosas y de diferentes competencias científicas puedan interactuar con responsable libertad y transparencia recíproca», con vistas a establecer un diálogo «orientado al cuidado de la naturaleza, a la defensa de los pobres, a la construcción de redes de respeto y de fraternidad». En un mundo donde no faltan los repliegues identitarios y los nacionalismos excluyentes, tal colaboración transversal e interreligiosa proclama la convicción de quienes tienden «a concebir el planeta como patria y la humanidad como pueblo que habita una casa de todos». Es ésta una propuesta interesantísima y valiente del papa Francisco que deseo y espero que sea recogida y puesta en práctica por un número cada vez mayor de Universidades y Facultades eclesiásticas.

Concluyo: cambiar el modelo de desarrollo global y redefinir el progreso, reemplazar las políticas de destrucción de la vida y de explotación por una civilización del amor, es la enorme e urgente tarea a la que nos apremia el papa Francisco. Se trata de una verdadera «revolución cultural» para la cual los cristianos estamos llamados a buscar la colaboración sincera de todos los creyentes que, inspirándose en sus propias tradiciones religiosas y preocupados por el destino solidario de toda la familia humana, se sientan igualmente interpelados por los grandes desafíos del tiempo presente. Las Universidades y Facultades eclesiásticas, cada una según sus posibilidades y en su campo propio, deben situarse a la vanguardia de la promoción de una verdadera cultura del encuentro, una cultura del diálogo «a todos los niveles», incluyendo el diálogo interreligioso.

Este artículo fue publicado originalmente con el título “El diálogo como exigencia para experimentar juntos la alegría de la Verdad” por la revista vaticana Educatio catholica Anno IV 2 (2018) 103-106. Usado con permiso.  

Photo text: San Pablo predica en Atenas. Imagen de Wikimedia Commons 

Nota sobre el autor: Rev. Diego Sarrió Cucarella es el Preside del Pontificio Instituto de Estudios Árabes e Islámicos.