Catolicismo e Instituciones Globales: Es hora de reconsiderar

Samuel Gregg

El ‘Brexit’ subraya que el enfoque actual de la Iglesia Católica a las organizaciones políticas internacionales requiere una modificación, si no una revisión completa.

Una de las estadísticas más desapercibidas sacada de una de las encuestas post Brexit más completas es que cerca del 60 por ciento de los auto identificados como cristianos británicos votaron a favor del Brexit. La encuesta no distingue entre las diferentes confesiones cristianas. Y tampoco pregunta si la fe de estas personas jugó algún papel en particular en su decisión o, incluso más generalmente, sus vidas. No obstante, el hecho de que una mayoría de cristianos votase a favor de que Gran Bretaña abandonase una de las entidades supranacionales más importantes puede que sorprenda a algunos. Los hombres de estado cristianos, después de todo, jugaron un papel fundamental en el establecimiento de la que hoy es la Unión Europea. En el periodo previo al referéndum, los más importantes líderes cristianos británicos (los cardinales Cormac Murphy-O’Connor y Vincent Nichols, el Primado Anglicano, Justin Welby, y el Moderador de la Iglesia de Escocia, el reverendo Angus Morrison) afirmaron que ellos personalmente estaban a favor de ‘permanecer’. De igual forma, el Secretario para las Relaciones con los Estados de la Santa Sede, el Arzobispo nacido en Liverpool, Paul Gallagher, expresó su preferencia porque Gran Bretaña permaneciese en la UE.

Leyendo las respectivas declaraciones de Murphy-O’Connor y Nichols, sin embargo, se aprecia que la ratificación de ninguno de ellos fue especialmente entusiasta. Tampoco ninguno de los mencionados anteriormente señaló que los cristianos estaban de alguna forma obligados a votar ‘permanecer’. La declaración pre referéndum de la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales se abstuvo de abogar por ‘permanecer’ o ‘salir’. Hay incluso indicios de que algunos obispos desconfiaban personalmente de  los argumentos de ‘permanecer’. Mientras que la declaración de los obispos recordaba a los católicos que el proyecto de la UE había sido concebido en parte para promover la paz en un continente una vez desgarrado por la guerra, también reconocía “las preocupaciones justificables que mucha gente tiene en relación con la Unión Europea, sus instituciones y las implicaciones de la creciente integración”. 

Este último punto puede reflejar el conocimiento de algunos obispos del hecho de que muchos católicos tienen una imagen cada vez más negativa de las instituciones supranacionales y no creen que la Iglesia debiera estar a favor de un crecimiento de sus poderes. Pero aún dejando a un lado las muchas políticas promovidas, por ejemplo, por algunas agencias de las Naciones Unidas que directamente violan la enseñanza católica sobre la vida humana, hay muchas buenas razones para que la Iglesia sea más cautelosa con los organismos supranacionales. 

¿Por qué instituciones globales?
Allá por el 2011, un documento elaborado por el Pontificio Consejo “Justicia y Paz” urgió por el establecimiento de una autoridad financiera global que de alguna forma tuviese responsabilidad para regular los sistemas financieros globales. La crisis financiera de 2008, señalaba el texto, indicaba una “exigencia emergente por un organismo que llevase a cabo las funciones de una especie de ‘banco central mundial’ que regule el flujo y sistema de intercambio monetario, como hacen los bancos centrales nacionales”. El documento basaba esta afirmación en una serie de declaraciones papales que se remontaban a San Juan XXIII. Estas mantienen que un mundo cada vez más interconectado requiere  una autoridad global que asuma esa responsabilidad para asuntos verdaderamente globales.

El argumento católico básico para una autoridad interconectada puede ser resumido como sigue. El bien común de una comunidad (entendido como el conjunto de condiciones que facilitan el florecimiento humano) necesita una autoridad que promulgue leyes para esa comunidad. Así, una ciudad necesita un ayuntamiento para elaborar reglas que vinculen a todos los miembros de la ciudad. De igual forma, una nación requiere algún tipo de gobierno nacional. Entonces, si uno puede hablar de una comunidad internacional, es necesario algún tipo de autoridad adecuada.

Las raíces de este razonamiento se encuentran en la teoría de la ley natural y han sido esbozadas por pensadores iusnaturalistas católicos contemporáneos, a quienes nadie consideraría política o teológicamente progresistas. A su vez, ellos (como la enseñanza papal) han sido cuidadosos para no especificar qué poderes deberían ser asumidos por dicha autoridad, o incluso quiénes deberían ser tales autoridades. Ellos también han mantenido que cualquier autoridad debería estar limitada por el principio de subsidiariedad.

La subsidiariedad combina dos axiomas. Uno es ‘asistencia’: el papel de una autoridad superior (esto es, una autoridad mundial) es asistir (del latín ‘ayudar’ subsidere), en lugar de usurpar la habilidad de autoridades menores (esto es, un gobierno nacional) para desempeñar sus funciones necesarias. El segundo podría ser descrito como ‘descentralización’: las decisiones relacionadas con un problema dado deberían ser tomadas lo más lejos posible de la comunidad más cercana al mismo.

 

Este esquema, sin embargo, tiene sus límites. La gente tiene, legítimamente, diferentes puntos de vista acerca de cuándo la asistencia se vuelve necesaria, la forma concreta que debería tomar, y cuándo la asistencia degenera en usurpación.   Este es también el caso de aquellos que imaginan que grandes estados administrativos pueden resolver la mayoría de los problemas, y que a menudo hacen hincapié en el axioma de la asistencia subsidiaria por encima de la descentralización.

El artículo 5.3 del Tratado de la Unión Europea, por ejemplo, define la subsidiariedad como la forma en que la UE determina “las circunstancias en las que es preferible que la acción sea llevada a cabo por la Unión, en vez de por los Estados Miembros”. Nótese que el énfasis se establece para identificar las condiciones en las que las autoridades de la UE pueden actuar en lugar de en limitar sus poderes. Téngase también en mente que una gran crítica hacia la UE expresada por los partidarios del Brexit era la manera en que las directivas promulgadas por los organismos de la UE estaban rápidamente suplantando las leyes británicas. Esto sugiere que la descentralización no es una prioridad para muchos funcionarios de la UE.

Patriotismo versus Internacionalización Secular
Más allá de los desafíos en la aplicación de la subsidiaridad, los católicos también deberían estar preocupados acerca del actual ethos de las burocracias políticas internacionales. Pocos sugerirían que ellas reflejan  una visión judeocristiana del hombre, y no digamos ya de robustas reivindicaciones de derecho natural. En lugar de esto, ellas encarnan el internacionalismo liberal propuesto por Immanuel Kant en su ensayo de 1795 llamado, “Hacia la Paz Perpetua: Un Esbozo Filosófico”. Este defendió una liga de la paz (foedus pacificum) el cual tendría “un poder supremo legislativo, ejecutivo y judicial”, y dotado de diferencias nacionales reconciliables pacíficamente.

Similares ambiciones transnacionales caracterizaron el progresismo del Presidente Woodrow Wilson y su proyecto de la Sociedad de las Naciones. Hoy en día, tal planteamiento manifiesta su empeño por concretizar la gobernanza global de arriba a abajo a través de organismos políticos supranacionales los cuales tienden a ser ocupados por individuos cuyos imanes filosóficos son los herederos seculares y liberales de los de Kant, tales como los del difunto John Rawls. En estos círculos, las nociones de soberanía nacional son consideradas a menudo como pasadas de moda, si no francamente peligrosas.

La propia relación de la Iglesia Católica con el moderno estado-nación no ha sido siempre feliz. Los esfuerzos de Enrique VIII para reforzar el estado Inglés, por ejemplo, contribuyeron al saqueo de la propiedades de la Iglesia y al asesinato judicial de los católicos que rehusaron abjurar de su compromiso hacia Roma. Una razón por la que los monarcas absolutistas dieciochescos presionaron con éxito al papado para que suprimiese la Orden de los Jesuitas en 1773 fue la creencia de sus asesores en que el fuerte apoyo de los jesuitas a la autoridad papal era incompatible con la consolidación de los estados-nación. En el siglo XIX, el ascenso de los nacionalismos por toda Europa a menudo fue de la mano de la promoción del anti catolicismo impuesta por el gobierno, tal como el Kulturkampf de Otto von Bismarck contra la Iglesia Católica en Alemania.

El nacionalismo y el patriotismo, sin embargo, no son necesariamente la misma cosa. Algunas formas de nacionalismo han sido caracterizadas como culto al Estado, desinterés en el bienestar de otras naciones y, en casos extremos, denigración, conquista o incluso la destrucción de otros países. Esto fue ejemplificado por aquellos alemanes nacionalistas cuyo apego a la identidad nacional era inseparable de su desprecio racista por muchas otras nacionalidades y su actitud genocida hacia el pueblo judío.

El patriotismo, sin embargo, expresa algo diferente. Derivado del latín pietas, Santo Tomás de Aquino describió el patriotismo como la virtud que abarca respeto y gratitud hacia nuestros padres y nuestro país. León XIII afirmó incluso que “el derecho natural nos une a amar devotamente y a defender el país en el que hemos nacido, y en el que hemos crecido, de forma que todo buen ciudadano no vacile en hacer frente a la muerte por su tierra natal”. Este sentimiento de pertenencia y gratitud no conlleva apreciaciones negativas de otras naciones o religiones particulares. No hay nada incongruente en ser un cristiano fiel y un patriota americano, francés o libanés. El patriotismo no niega que existen verdades universales que todas las personas, al margen de la nacionalidad, pueden conocer a través del don universal de la razón. Y el patriotismo tampoco lleva a la conclusión de que una nación debería ser hostil hacia el libre movimiento de personas, capital y mercancías entre países.

Por el contrario, el internacionalismo liberal kantiano que caracteriza a la mayoría de las instituciones supranacionales busca no solo diluir la soberanía nacional sino también la identidad nacional. Como ha observado el filósofo político francés miembro de la Académie Catholique de France, Pierre Manent, el proyecto de integración europea actual busca reemplazar el arraigo histórico con lo que él llama “realidades pretendidas”. Así, Europa ya no es entendida como un grupo de naciones históricamente diferentes, con orígenes incluso más profundos en el cristianismo, judaísmo y el mundo grecorromano. En lugar de esto, señala Manent, las élites europeas ven Europa como “una ‘nada’, un espacio vacío con nada en común, o como  una ‘cultura’ que no es de carácter religioso ni nacional”, y “un espacio social abstracto donde el único principio de legitimación ahora reside en los derechos humanos, entendidos como los derechos ilimitados de particularidades individuales”.

Los problemas de arriba a abajo
Estas visiones internacionalistas seculares son difíciles de reconciliar con la visión positiva del patriotismo por parte del catolicismo, y el valor del que impregna a la nación. Pero incluso si los organismos supranacionales fueran purgados de liberales kantianos empeñados en disolver la soberanía nacional y los lazos de unión, éstos se debilitarían por lo que puede ser descrito como problemas de escala (una dificultad práctica que parece olvidada por algunos católicos).

Considérese, por ejemplo, la defensa de un banco central global por parte del Pontificio Consejo “Justicia y Paz”. Las crisis financieras que están teniendo lugar en Europa han ilustrado los problemas asociados con instituciones supranacionales como el Banco Central Europeo intentando fijar un tipo de interés único que encaje a todos para economías tan diferentes como Grecia y Alemania. Es simplemente imposible para cualquier individuo o grupo conocer el tipo de interés óptimo en cada momento para cada país de la Eurozona. Lo mismo podría decirse de un banco central mundial que intente fijar un tipo de interés oficial para economías tan dispares como Burkina Faso, Camboya y Rusia.

La falta de reconocimiento de estas verdades es exacerbada por la insistencia de los funcionarios supranacionales en que la forma de resolver los problemas de sus instituciones es darles más poder. En el discurso sobre el Estado de la Unión de septiembre de 2015, el Presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, enumeró los numerosos desafíos de la UE, desde la migración hasta los Estados Miembros en bancarrota. Juncker insistió, sin embargo, nada menos que en seis ocasiones, que la solución era ‘más Europa’. Ese es código europeo para más centralización de arriba a abajo. Palabras como federalismo, descentralización, devolución y subsidiariedad no aparecen en el texto. Hasta ahora, no hay ningún signo de que el Brexit haya causado algún cambio fundamental en el planteamiento del funcionariado de la UE. Todavía es ‘más Europa’.

Las instituciones supranacionales no son entidades inherentemente malas. Algunas veces, las organizaciones internacionales temporales son necesarias para tratar situaciones particulares. Los tribunales internacionales militares que operaron de 1945-1948 para juzgar a los criminales de guerra alemanes y japoneses son un ejemplo. De igual modo, hay buenos casos de foros políticos internacionales en los que las naciones pueden intentar y resolver sus diferencias pacíficamente. Estos ejercicios nos recuerdan, como insistía el teólogo dominico Bartolomé de las Casas hace 500 años cuando defendía a los nativos americanos de la explotación colonial, que “toda la humanidad es una”.

Sin embargo, hoy en día el asunto es si la Iglesia Católica abordará algunos de los principales problemas con las organizaciones internacionales, destacados por el Brexit. Desde luego tiene recursos para hacerlo. El catolicismo tiene una distinguida historia de pensadores en el campo de las relaciones internacionales. Figuras como Francisco de Vitoria OP y Francisco Suárez SJ tienen gran aceptación en ser considerados los fundadores del derecho internacional moderno. Y todavía cualquier renovación, o incluso reflexión crítica sobre instituciones globales por parte de la Iglesia asume que aquellos responsables por el moldeamiento de las contribuciones oficiales católicas en estas materias (1) quieren ser más que animadores religiosos para la agenda internacionalista kantiana y (2) están por tanto dispuestos a aportar la completa riqueza de la reflexión centenaria del catolicismo para influir en estos asuntos.

En estas materias, me temo que el jurado está actualmente fuera.