Una Luz Que No Se Escucha: Reflexiones sobre la Lumen fidei de Francisco

Gabriel J. Zanotti

 

1.    Introducción.

Evidentemente, la Fe no es noticia. Cuando Benedicto XVI escribió la Caritas inveritate[1], tal vez su documento menos importante, todo el mundo lo escuchó, todo el mundo hablaba de él. Pero de su discurso en el 2005 sobre la reforma y continuidad del Vaticano II[2], ni noticia; sobre el discurso en Ratisbona[3], nadie entendió nada; sobre su discurso enviado a La Sapienza[4], explícitamente no lo quisieron escuchar, de sus discursos en EEUU[5], en Inglaterra[6], en Alemania[7], ¿quién se acuerda? Y de sus otras dos encíclicas, Deus caritas est[8]y Spessalv[9]i, allí están, esperando que alguien las lea.

Es que así es la indiferencia u hostilidad del iluminismo contemporáneo (obsérvese que NO dije “modernidad”) ante todo lo que trascienda a este mundo. No decimos que muchos valores que ese iluminismo rescata –la igualdad, la libertad, la no discriminación, y la austeridad y el desprendimiento que enamora del Papa Francisco- no sean positivos. Ese modo de pensar puede valorar a San Francisco de Asís, no por religioso, sino por su actitud ante los bienes materiales, y eso es lo único que importa. Que además haya sido un santo de la Iglesia Católicano importa en absoluto o se ve como algo a pesar de lo cual fue una “buena persona” (cabría preguntar a este mundo que no ve más allá de lo inmanente: ¿por qué San Francisco no se fue de la Iglesia Católica?).

Es este contexto, la primera encíclica de Francisco, sobre la Fe, nada más ni nada menos, está pasando inadvertida. Curiosamente, uno de sus puntos fundamentales es que le fe es luz y escucha al mismo tiempo: pues bien, es obvio que esta encíclica no se “escucha”, porque habla de algo que puede ser extraño, indiferente o hasta quizás contradictorio con el Papa Francisco, que –felizmente- anda con zapatos viejos y vive austeramente. Este papa está hablando, directamente, de la Fe Católica, Apostólica, Romana, afirma su verdad, su integridad, su razonabilidad y la autoridad del Magisterio para confirmarla. ¡Oh! ¿Qué hacemos con eso? Mejor “………………………….”.

Veamos algunos aspectos de todo ello, dando por supuesta la lectura del texto.

2.    La fe no es ilusión.

Ya en su nro. 2 afirma que la Fe no es una ilusión (el citado no es Freud, sino Nietzsche): “…Sin embargo, al hablar de la fe como luz, podemos oír la objeción de muchos contemporáneos nuestros. En la época moderna se ha pensado que esa luz podía bastar para las sociedades antiguas, pero que ya no sirve para los tiempos nuevos, para el hombre adulto, ufano de su razón, ávido de explorar el futuro de una nueva forma. En este sentido, la fe se veía como una luz ilusoria, que impedía al hombre seguir la audacia del saber. El joven Nietzsche invitaba a su hermana Elisabeth a arriesgarse, a « emprender nuevos caminos… con la inseguridad de quien procede autónomamente ». Y añadía: « Aquí se dividen los caminos del hombre; si quieres alcanzar paz en el alma y felicidad, cree; pero si quieres ser discípulo de la verdad, indaga ». Con lo que creer sería lo contrario de buscar. A partir de aquí, Nietzsche critica al cristianismo por haber rebajado la existencia humana, quitando novedad y aventura a la vida. La fe sería entonces como un espejismo que nos impide avanzar como hombres libres hacia el futuro.” Por supuesto, si Nietzche está bien interpretado o no, no es la cuestión, el tema es que la Fe nos habla de una realidad, la realidad de la Revelación de Dios, que asumida desde la madurez de la relación entre razón y Fe –otro gran tema de esta encíclica- nada tiene que ver con una psicosis delirante.

3.    Fe y salvación.

Pero esta Fe, a su vez, ¿por qué? ¿Por qué los católicos afirmamos la importante de una Fe que nada parece tener que ver con los valores seculares que hacen a alguien ser una buena persona? Precisamente, porque este Fe es el camino de salvación de toda persona que, aunque no lo sepa, es concebida fuera de la Gracia en la cual Dios la creó. Y eso viene de Dios: “…La vida en la fe, en cuanto existencia filial, consiste en reconocer el don originario y radical, que está a la base de la existencia del hombre, y puede resumirse en la frase de san Pablo a los Corintios: « ¿Tienes algo que no hayas recibido? » (1 Co 4,7). Precisamente en este punto se sitúa el corazón de la polémica de san Pablo con los fariseos, la discusión sobre la salvación mediante la fe o mediante las obras de la ley. Lo que san Pablo rechaza es la actitud de quien pretende justificarse a sí mismo ante Dios mediante sus propias obras” (19). O sea, el reconocimiento de que las solas fuerzas del hombre no bastan para alcanzar el misterio insondable del in-finito de Dios, y menos aún después de la caída originaria. La gracia de Dios es indispensable para la plenitud de lo humano y, a su vez, don de Dios. Ante el hombre actual, que se siente tan solo y abandonado a su suerte, que reacciona a veces diciendo “yo puedo todo”, y se refugia en lo limitado de su tecno-ciencia, la Gracia de Dios es el mensajero en la actual alegoría de la caverna. Sin Fe, vemos sombras; sin Fe, vivimos, pero en nuestras cadenas.

4.    Fe, razón y verdad.

Por eso es tan importante la relación entre la razón y la Fe. “Si no creéis, no comprenderéis”, es el título del cap. 2 de la encíclica. Porque la Fe, al no ser una ilusión, es un mensaje sobre, nada más ni nada menos, la verdad. “…Leído a esta luz, el texto de Isaías lleva a una conclusión: el hombre tiene necesidad de conocimiento, tiene necesidad de verdad, porque sin ella no puede subsistir, no va adelante. La fe, sin verdad, no salva, no da seguridad a nuestros pasos. Se queda en una bella fábula, proyección de nuestros deseos de felicidad, algo que nos satisface únicamente en la medida en que queramos hacernos una ilusión. O bien se reduce a un sentimiento hermoso, que consuela y entusiasma, pero dependiendo de los cambios en nuestro estado de ánimo o de la situación de los tiempos, e incapaz de dar continuidad al camino de la vida” (24). Observemos de qué modo directo la encíclica niega que la Fe sea lo que habitualmente “se cree” (gran paradoja: una fe humana sobre lo que la Fe no es) sobre ella: proyección de nuestros deseos, hermosos sentimientos, consuelo para nuestros sufrimientos. Pero no: la Fe es verdad. Pero para que sea verdad, tiene que tener un diálogo con lo más profundo del hombre: su inteligencia y su voluntad. La Fe no es un mensaje que el hombre acepta por miedo o por premios o por ilusiones infantiles, sino que es un fruto del diálogo de la Gracia de Dios con el corazón humano racional, que pregunta, que quiere comprender, y de ese modo hacer propio, personal, íntimo, un misterio que no puede abarcar pero sí abrazar en el “creo para entender y entiendo para creer” de San Agustín (autor muy citado en esta encíclica).

5.    La ilusión de la sola tecno-ciencia.

Por ello Francisco sigue diciendo: “…En la cultura contemporánea se tiende a menudo a aceptar como verdad sólo la verdad tecnológica: es verdad aquello que el hombre consigue construir y medir con su ciencia; es verdad porque funciona y así hace más cómoda y fácil la vida. Hoy parece que ésta es la única verdad cierta, la única que se puede compartir con otros, la única sobre la que es posible debatir y comprometerse juntos. Por otra parte, estarían después las verdades del individuo, que consisten en la autenticidad con lo que cada uno siente dentro de sí, válidas sólo para uno mismo, y que no se pueden proponer a los demás con la pretensión de contribuir al bien común. La verdad grande, la verdad que explica la vida personal y social en su conjunto, es vista con sospecha. ¿No ha sido esa verdad —se preguntan— la que han pretendido los grandes totalitarismos del siglo pasado, una verdad que imponía su propia concepción global para aplastar la historia concreta del individuo? Así, queda sólo un relativismo en el que la cuestión de la verdad completa, que es en el fondo la cuestión de Dios, ya no interesa. En esta perspectiva, es lógico que se pretenda deshacer la conexión de la religión con la verdad, porque este nexo estaría en la raíz del fanatismo, que intenta arrollar a quien no comparte las propias creencias” (25). Esto es, una cultura positivista ha logrado que se crea que la verdad está sólo en la tecno-ciencia. Ello sí que es una ilusión, sobre todo cuando después de Popper –no de un pontífice Romano- ha quedado claro que la ciencia es como mucho un conjunto de conjeturas sólo corroboradas hasta el momento, y además porque además el ser humano actual vive en la ilusión de una Matrix donde sus agentes –sus actuales Smiths, los “expertos” (Feyerabend)- lo sostienen en su mundo y le niegan la visión de que las verdades más importantes de la vida humana –Dios, la libertad, la ética, la relación con los otros- son las más importantes, las más dignas de verdad y las menos arrojadas a paradigmas cambiantes con el tiempo.

6.    Fe, tolerancia y diálogo.

Pero además, la Matrix iluminista nos ha convencido de que esas verdades llevarían al totalitarismo. Entonces Francisco responde:

a)      La Fe implica un asentimiento del amor, un amor que viene de la Gracia de Dios, que no es un sentimiento aislado de la razón, que como viene se va: “…En realidad, el amor no se puede reducir a un sentimiento que va y viene. Tiene que ver ciertamente con nuestra afectividad, pero para abrirla a la persona amada e iniciar un camino, que consiste en salir del aislamiento del propio yo para encaminarse hacia la otra persona, para construir una relación duradera; el amor tiende a la unión con la persona amada” (27). Un amor que, como vemos, implica el conocimiento y la verdad de la persona amada, en este caso Dios, que es el esposo (San Juan de la Cruz) que ha salido a nuestro encuentro, y no al revés.

b)      Pero ese encuentro, sin el logos, es imposible. Siguiendo con lo afirmado por Benedicto XVI en Ratisbona, Francisco afirma el encuentro de horizontes entre el logos antiguo y el mensaje evangélico como constitutivo de la Fe: “…El encuentro del mensaje evangélico con el pensamiento filosófico de la antigüedad fue un momento decisivo para que el Evangelio llegase a todos los pueblos, y favoreció una fecunda interacción entre la fe y la razón, que se ha ido desarrollando a lo largo de los siglos hasta nuestros días” (32). Y el ejemplo de ello es la vida de San Agustín: “…En la vida de san Agustín encontramos un ejemplo significativo de este camino en el que la búsqueda de la razón, con su deseo de verdad y claridad, se ha integrado en el horizonte de la fe, del que ha recibido una nueva inteligencia. Por una parte, san Agustín acepta la filosofía griega de la luz con su insistencia en la visión. Su encuentro con el neoplatonismo le había permitido conocer el paradigma de la luz, que desciende de lo alto para iluminar las cosas, y constituye así un símbolo de Dios. De este modo, san Agustín comprendió la trascendencia divina, y descubrió que todas las cosas tienen en sí una transparencia que pueden reflejar la bondad de Dios, el Bien. Así se desprendió del maniqueísmo en que estaba instalado y que le llevaba a pensar que el mal y el bien luchan continuamente entre sí, confundiéndose y mezclándose sin contornos claros. Comprender que Dios es luz dio a su existencia una nueva orientación, le permitió reconocer el mal que había cometido y volverse al bien” (33).

c)      Por lo tanto, esa Fe, en su matrimonio de Fe y razón, nunca puede ser intolerante, nunca puede ser fanática, porque ha sido dada el hombre en un diálogo con su corazón, y es predicada a los demás hombres de la misma manera: es un llamado, no una imposición, es un diálogo, no una orden: “…La luz del amor, propia de la fe, puede iluminar los interrogantes de nuestro tiempo en cuanto a la verdad. A menudo la verdad queda hoy reducida a la autenticidad subjetiva del individuo, válida sólo para la vida de cada uno. Una verdad común nos da miedo, porque la identificamos con la imposición intransigente de los totalitarismos. Sin embargo, si es la verdad del amor, si es la verdad que se desvela en el encuentro personal con el Otro y con los otros, entonces se libera de su clausura en el ámbito privado para formar parte del bien común. La verdad de un amor no se impone con la violencia, no aplasta a la persona. Naciendo del amor puede llegar al corazón, al centro personal de cada hombre. Se ve claro así que la fe no es intransigente, sino que crece en la convivencia que respeta al otro. El creyente no es arrogante; al contrario, la verdad le hace humilde, sabiendo que, más que poseerla él, es ella la que le abraza y le posee. En lugar de hacernos intolerantes, la seguridad de la fe nos pone en camino y hace posible el testimonio y el diálogo con todos” (34).

7.    Fe para todos desde la Iglesia.

Pero por más extraño que suene a los oídos de este mundo, esta Fe racional no es un círculo iniciático, esotérico, gnóstico, aristócrata, como abundan hoy en día las reacciones “irracionales” de la new age contra el iluminismo. Es una Fe para todos, filósofos, no filósofos, carpinteros, científicos y marcianos. Es una Fe que llega a todo corazón, mediante, precisamente, la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo que no anula la individualidad de nadie sino que asume a cada persona en una tarea permanente de enseñanza: “…San Ireneo de Lyon ha clarificado este punto contra los herejes gnósticos. Éstos distinguían dos tipos de fe, una fe ruda, la fe de los simples, imperfecta, que no iba más allá de la carne de Cristo y de la contemplación de sus misterios; y otro tipo de fe, más profundo y perfecto, la fe verdadera, reservada a un pequeño círculo de iniciados, que se eleva con el intelecto hasta los misterios de la divinidad desconocida, más allá de la carne de Cristo. Ante este planteamiento, que sigue teniendo su atractivo y sus defensores también en nuestros días, san Ireneo defiende que la fe es una sola, porque pasa siempre por el punto concreto de la encarnación, sin superar nunca la carne y la historia de Cristo, ya que Dios se ha querido revelar plenamente en ella. Y, por eso, no hay diferencia entre la fe de « aquel que destaca por su elocuencia » y de « quien es más débil en la palabra », entre quien es superior y quien tiene menos capacidad: ni el primero puede ampliar la fe, ni el segundo reducirla (47).

8.    Fe y vida social.

El último capítulo de la encíclica trata un delicadísimo tema de un modo delicadísimo. Esta Fe, ¿tiene consecuencias para la ciudad del hombre? Claro que sí, sin por ello incurrir en teocracias, clericalismos o integrismos, porque el Reino de Dios no es de este mundo, y al mismo tiempo los que habitan este mundo lo transforman porque su corazón ha sido redimido. “…La fe revela hasta qué punto pueden ser sólidos los vínculos humanos cuando Dios se hace presente en medio de ellos. No se trata sólo de una solidez interior, una convicción firme del creyente; la fe ilumina también las relaciones humanas, porque nace del amor y sigue la dinámica del amor de Dios. El Dios digno de fe construye para los hombres una ciudad fiable” (50).

Pero, a su vez, ¿de qué modo? ¿Dando respuestas directas a problemas temporales? No. Siguiendo con la línea de Benedicto XVI en Ratisbona, La Sapienza y sus discursos en Inglaterra y Alemania, Francisco afirma nada más ni nada menos que el Cristianismo constituye una ciudad que iluminada por el cristianismo toma conciencia de la dignidad del hombre: “…¡Cuántos beneficios ha aportado la mirada de la fe a la ciudad de los hombres para contribuir a su vida común! Gracias a la fe, hemos descubierto la dignidad única de cada persona, que no era tan evidente en el mundo antiguo…”. “Cuando se oscurece esta realidad, falta el criterio para distinguir lo que hace preciosa y única la vida del hombre. Éste pierde su puesto en el universo, se pierde en la naturaleza, renunciando a su responsabilidad moral, o bien pretende ser árbitro absoluto, atribuyéndose un poder de manipulación sin límites” (54).

Pero esta Fe cristiana influye también en el respeto a la naturaleza; nos ayuda en el discernimiento de la justicia versus la tiranía y en un punto que es la primera vez que es citado entre los principales de las consecuencias sociales del Cristianismo: el perdón. “…La fe, además, revelándonos el amor de Dios, nos hace respetar más la naturaleza, pues nos hace reconocer en ella una gramática escrita por él y una morada que nos ha confiado para cultivarla y salvaguardarla; nos invita a buscar modelos de desarrollo que no se basen sólo en la utilidad y el provecho, sino que consideren la creación como un don del que todos somos deudores; nos enseña a identificar formas de gobierno justas, reconociendo que la autoridad viene de Dios para estar al servicio del bien común. La fe afirma también la posibilidad del perdón, que muchas veces necesita tiempo, esfuerzo, paciencia y compromiso; perdón posible cuando se descubre que el bien es siempre más originario y más fuerte que el mal, que la palabra con la que Dios afirma nuestra vida es más profunda que todas nuestras negaciones. Por lo demás, incluso desde un punto de vista simplemente antropológico, la unidad es superior al conflicto; hemos de contar también con el conflicto, pero experimentarlo debe llevarnos a resolverlo, a superarlo, transformándolo en un eslabón de una cadena, en un paso más hacia la unidad” (55). La insistencia de Francisco en este punto, en momentos donde tantas sociedades atraviesan divisiones sin humano remedio, es peculiar. Nunca como hoy las heridas de las guerras y de las divisiones ideológicas requieren algo que no puede surgir de las solas fuerzas del hombre, y que a su vez no es sólo una cosa de la conducta individual. Nunca como hoy la Iglesia tiene una palabra que decir ante “lo social”, y esa palabra es, sencillamente, perdón.

9.    Conclusión.

Espero que todos sean coherentes. Que los que están entusiasmados con Francisco, que lean esta encíclica, que es uno de sus más importantes “gestos”. Y aquellos a los que la encíclica les parezca la insoportable expresión de una Fe que no soportan, que entonces sean sinceros y que no lo dividan a Francisco por la mitad. La luz de su Fe es una sola.