La Casa de la Historia Europea Borra a la Religión

Arnold Huijgen

El 6 de mayo, la nueva Casa de la Historia Europea en Bruselas abrió sus puertas. Ya que me encontraba en Bruselas el día de la apertura, decidí hacer una visita a la Casa. En lo que se refiere a la religión y a la libertad religiosa, encontré una casa vacía.

La Casa, un proyecto del Parlamento Europeo, ha sido muy polémica, no solo por su costo (55 millones de euros, 61.7 millones de dólares americanos), sino también por la ideología que está detrás de ella. Desde que Hans-Gert Pöttering presentó la idea de esta casa «para permitir a los europeos de todas las generaciones aprender más sobre su propia historia», en su discurso inaugural como presidente del Parlamento Europeo, ha habido un intenso debate acerca de qué partes de la historia europea deben ser presentadas.

En sí misma, la configuración de la exposición permanente es de buen gusto. Pero en el primer piso ya hay indicaciones de lo que carece el alma de este proyecto europeo. Está dedicado a varios tipos de intercambios a lo largo de Europa: comida, bebida, ideas e incluso la moda son destacadas como ejemplos de intercambio europeo. Pero plantea la pregunta «¿qué es lo que hace a esto típicamente europeo?». Después de todo, otras culturas también comercian con bienes y servicios.

El panorama de la historia europea que se presenta a partir del segundo piso hacia arriba es al mismo tiempo moderno y enfáticamente francés y socialista. La Revolución Francesa parece ser el lugar del nacimiento de Europa; existe poco espacio para cualquier cosa que pueda haberla precedido. El Código Napoleónico y la filosofía de Carlos Marx ocupan un lugar destacado, mientras que la esclavitud y el colonialismo son resaltados como los lados oscuros de la cultura europea.

Debe darse crédito a quien lo merece. Los pisos dedicados a las atrocidades del siglo XX —la primera y la segunda guerras mundiales— son particularmente impresionantes. Uno entra en estas partes de la exposición en la oscuridad con la sensación de estar desorientado. Esa es una experiencia física del estado mental que uno experimenta pasando por la impresionante exhibición del Holocausto.

Después de estas imágenes perturbadoras, el piso superior es realmente una decepción. Está reservado para una visión general de las instituciones de la Unión Europea, como el Parlamento Europeo y la Comisión Europea. Esto es literalmente el clímax del narcisismo de la Unión Europea, como si la cúspide de la historia europea consistiera en un panorama de las varias responsabilidades de la burocracia actual.

Pero lo más notable de la Casa es que, en lo que concierne a lo que ella cuenta, es como si la religión no existiera. En realidad, nunca existió y nunca afectó a la historia del continente. En ninguno de los muchos pisos se pone atención a la Reforma como la gran división entre el catolicismo romano y el protestantismo, a las guerras religiosas entre creencias, o a la búsqueda de la libertad religiosa que estaba en el corazón de la rebelión holandesa. Si uno no supiera que la Iglesia Católica Romana existe, uno no lo descubriría en la exposición permanente de la historia europea que el Parlamento Europeo pretende presentar a cada europeo (a expensas de ese europeo). Ya no es que el secularismo europeo luche contra la religión cristiana, es que simplemente ignora todo aspecto religioso de la vida.

Mientras tanto, es claro que la religión desempeñó un papel vital en la historia europea. Las estructuras sociales de los países del sur de Europa no pueden entenderse sin el papel que jugó la Iglesia Católica Romana. La responsabilidad del individuo, resaltada por el Protestantismo, es un principio central de la cultura europea. El Calvinismo puede o no ser el suelo fértil del que brota el capitalismo como especuló Max Weber, pero al menos necesita ser discutido su papel en la creación de estructuras culturales de mucho de Europa. Hasta la década de los años 60, como mínimo, la mayoría de los europeos se comprendían a sí mismos como cristianos y —por citar un ejemplo— los partidos políticos demócratas cristianos aún juegan un papel importante en la política de grandes países europeos como Alemania.

En la Europa secular moderna existe una tendencia a ignorar completamente a la religión. Esto se debe, en gran parte, al surgimiento del Islam y su posible reemplazo demográfico del Cristianismo como la religión más grande del continente. Cuando se pusiera atención a la religión en la historia europea, esto tendría como resultado un enfoque claramente cristiano y esos dos milenios de historia parecen ser una cosa abominable para muchos políticos. Cualquiera que sea la causa, la Constitución Europea (el Tratado de Lisboa) no menciona a Dios en lo absoluto.

El impacto de todo esto no se relega al pasado. Su mayor costo se encuentra en el presente. Cuando Dios y la religión no son ya mencionados como parte de la vida pública, los tecnócratas pueden reclamar el control y el discurso europeo es gobernado por los expertos en los campos del dinero y el poder. En lugar de Dios, las instituciones europeas de Bruselas ocupan el lugar central. No sorprende que estas no proporcionen motivación ni entusiasmo a los europeos, lo que a su vez estimula movimientos populistas de derecha, como el Frente Nacional de Marine Le Pen o el Partido de la Libertad (Partij voor de Vrijheid) de Geert Wilders en los Países Bajos. Estos movimientos populistas tratan de limitar la libertad de maneras diferentes a las de los tecnócratas, pero a menudo utilizan los mismos mecanismos. Al final del día, la desaparición de la religión de la Casa de la Historia Europea socava sus poderosas advertencias contra movimientos y guerras potencialmente violentos.

Sin cristianismo, Europa no tiene alma.

 

Nota

La traducción del artículo «The House of European History erases religion» publicado por el Acton Institute el 21 de junio de 2017, es de ContraPeso.info: un proveedor de ideas que sostienen el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.