Elecciones generales en España. ¿Un punto de no retorno?

Juan Ángel Soto

Las pasadas elecciones en Andalucía se saldaron con un claro perdedor: el PSOE, partido hegemónico hasta la fecha en esta comunidad autónoma, y que obtuvo el peor resultado de su historia en beneficio de la derecha. Por otra parte, el gran vencedor fue Vox, que cosechó 12 escaños.

Entrar en el Parlamento era algo que esta formación no había conseguido en toda su andadura, que se remonta a finales de 2013, por lo que esta victoria en Andalucía resulta indicativa de los vientos de cambio que soplan en el panorama político y social español. Vox, “voz” en latín, se nutrió desde sus inicios de una derecha desencantada con la deriva socialdemócrata del Partido Popular (PP). De esta tendencia daba testimonio la supervivencia de leyes heredadas del anterior Ejecutivo socialista, presidido por José Luis Rodríguez Zapatero, como la de memoria histórica, la del aborto o la del matrimonio homosexual, pese a que el Gobierno popular disfrutaba de mayoría absoluta.

Sin embargo, dos importantes elementos impedían el crecimiento de Vox. El primero, el llamamiento del PP al “voto útil” ante la omnipresente amenaza de una izquierda radical, encarnada en Podemos, y de un partido socialista exacerbado ante la sangría de votos que le suponía este inesperado rival. Ante ese panorama, la opción razonable pasaba por el voto al PP, un partido de centroderecha que, bajo el Gobierno de Mariano Rajoy, había ocupado un espectro socialdemócrata bajo las presiones del statu quo europeo, lo políticamente correcto y el surgimiento de Ciudadanos, una formación liberal-progresista de centro.

El segundo factor que frenaba a Vox, aunque menos importante, era el de la enorme abstención, achacable a la incapacidad de este y otros partidos para movilizar a todos los desencantados —o desentendidos— con la política.

Pues bien, su eclosión parlamentaria en diciembre puso de manifiesto que Vox había acabado con ambas trabas. El “voto útil” de los que apoyaban a regañadientes al PP se convirtió rápidamente en seguimiento ciego al partido en el que sí se veían representados. Por otro lado, Vox ha llevado a cabo una movilización de la “España olvidada” sin precedentes, à la Trump, pasando por encima de los medios de comunicación tradicionales y exhibiendo un dominio magistral de las redes sociales. A todo ello se le une un discurso patriótico, que ha calado hondo en los españoles ante el desafío soberanista catalán, y en el que, por ejemplo, también abogan sin miedo por un retorno a la España previa a la ideología de género. En definitiva, una formación que no aparecía en ninguna encuesta hace un año, hoy figura en la mayoría de ellas como la cuarta fuerza política, con un 10% de los votos.

El “fenómeno Vox” corre en paralelo —o lo motiva, según se mire— al de la renovación del PP, en el que un joven Pablo Casado ha relevado a Rajoy, transformando un partido que, aunque victorioso ante la crisis económica, era asolado por la corrupción y el descrédito. Así quedó patente en su Convención Nacional, celebrada a mediados de enero, y que supuso un antes y un después en su postura ideológica, al menos en el ámbito económico, pues se suscribieron los modelos de las Escuelas Austríaca y de Chicago, y se anunció una rebaja fiscal sin parangón. Esta línea se asentó con la incorporación al equipo de Casado de Daniel Lacalle, prestigioso economista liberal.

Sin embargo, en este punto, el PP también encuentra un serio competidor en Vox, el cual, hace dos semanas, hizo público el programa económico más liberal de la historia democrática española, con una fuerte apuesta por el emprendimiento, superando la revolución fiscal prefigurada por los populares, y planteando una desregulación y liberalización inéditas.

Al margen de las reservas que despierta en algunos el fuerte discurso de Vox, o la viabilidad de las promesas electorales de este partido o del PP, es de remarcar la apuesta explícita por la libertad de ambas formaciones. Algo especialmente importante a la luz de la alternativa, liberticida y destructora de cualquier atisbo de prosperidad económica, lo que resulta preocupante ante la inminente recesión.

El próximo 28 de abril, España se juega mucho, ya que todo se reduce a dos posibles escenarios. Un Ejecutivo del PSOE, aliado con la izquierda extrema y los nacionalistas que quieren romper España; o uno de derechas, de cambio, de libertad, y que gobierne para el país, no a su costa. Sea como fuere, la España de la semana que viene será nueva.

___________________________________________________
Juan Ángel Soto es el director del think tank Civismo (Madrid)